ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE S.M. DE PUNTA ALTA. SUS ORÍGENES

 

PRÓLOGO:

El presente trabajo se inscribe en la labor permanente que el Archivo Histórico Municipal de Punta Alta desarrolla con otras instituciones de la ciudad, a fin de historiar sus primeros años y realizar una tarea constante de rescate y revalorización de los ideales primeros que las animaron. Pues si de algo sirve conocer los orígenes de una institución, es la de abrevar en las aguas siempre límpidas de sus primeros días y conocer los propósitos que tuvieron sus pioneros a fin de poder proyectar un futuro que no reniegue de ellos, sino que los potencie a través de las nuevas generaciones.

Además, la historia de la Asociación Española de Socorros Mutuos de Punta Alta es la del asociacionismo en nuestra ciudad. En efecto, a partir de ese 1910 nuestra ciudad verá surgir otras muchas instituciones que tomaron su ejemplo y muchas de las cuales continúan hoy actuando en nuestro medio. Por eso es importante remitirse a los orígenes, para justipreciar las dificultades que tuvieron que afrontar esos primeros hombres y evaluar las soluciones que encontraron, siempre apostando a una mancomunidad de intereses.

En estas páginas el lector hallará jalones importantes de las cuatro primeras décadas de la Asociación Española de Socorros Mutuos de Punta Alta, que marcaron su derrotero institucional y que se proyectan en acción futura.

Punta Alta, julio de 2010

 

Luciano Izarra

Archivo Histórico Municipal

 

 

  1. Inmigración y poblamiento

 

1.1. Punta Alta y la inmigración

 

Hablar de inmigración en Punta Alta es prácticamente hablar de su proceso de poblamiento. En un país de fuerte presencia europea como la Argentina, era natural que una ciudad nueva se poblara mayoritariamente de extranjeros en busca de nuevos horizontes.

En ese marco, generalmente se habla de la etapa de inmigración masiva, que se abre en 1880 y se cierra en 1930, años que corresponden a los momentos liminares de la población de Punta Alta.

Más allá de las múltiples implicancias sociales, económicas, políticas y culturales del fenómeno inmigratorio en la Argentina, éste es particularmente ostensible en las nuevas poblaciones surgidas al compás del ferrocarril o de las inversiones estatales, donde el grueso de los nuevos pobladores eran extranjeros provenientes allende el océano.

Tal el caso de Punta Alta, donde la doble acción del Estado (mediante la decisión de construir el puerto militar) y el capital privado (el Ferrocarril del Sud, cuya línea desde Grünbein a Baterías le dio la ubicación y la topografía a la naciente población), determinaron el asentamiento veloz de un gran número de habitantes que vinieron a trabajar en los obrajes o a proveer de servicios a los pobladores que se establecían en creciente número desde las postrimerías del siglo XIX.

 

1.2. Inmigración española en la Argentina.

Existe un chiste mexicano que define así a un argentino: “Un señor italiano que habla español, viste como un inglés, piensa que es francés, llora como un judío y vive como un latinoamericano”.

Otro dicho, más ingenioso que cierto, expresa: “Los mexicanos y los peruanos descienden de los indios, pero los argentinos descienden de los barcos”. Más allá de las humoradas, y que estas frases obvian verdades perceptibles (la influencia visible de culturas indígenas en los hábitos argentinos, perceptibles en la costumbre del mate, o en la música folklórica y la no menor de los

africanos, que se vivencia en el vocabulario y en ciertos ritmos como el tango), lo cierto que el resto de los latinoamericanos y los mismos argentinos perciben al país como poblado por descendientes de europeos, “descendidos de los barcos” y que dejaron una impronta indeleble

en la sociedad.

Dentro del contingente humano que se volcó sobre estas costas desde mediados del siglo XIX, los españoles ocupan un lugar destacado, no solo por su número (fueron la segunda colectividad detrás de los italianos), sino por algunas particularidades que la distinguen del resto de los europeos.

Para comenzar, hay que decir que la historia de la inmigración española a las tierras argentinas no principia, como la de otras etnias, con la Gran Inmigración iniciada a mediados del siglo XIX. Por el contrario, se remonta varios siglos en el tiempo, puesto que la presencia española en el actual territorio argentino data desde los tiempos mismos del virreinato. Lógica determinada

por el mismo proceso histórico que hizo de España la nación que exploró y conquistó los vastos territorios del sur de América. Aquí se afincaron españoles de todas las regiones, sin distinción. Y junto a los criollos (sus hijos, y descendientes nacidos en suelo americano), los indígenas y los en ese entonces numerosos africanos (traídos como esclavos), empezaron a organizar lo que es hoy la sociedad de nuestro país, profundamente mestizada.

Mucho antes de la independencia, los españoles introdujeron los primeros ejemplares de ganado caballar (1536), ovino (1550) y bovino (1553).

Empero, contra lo que podría suponerse, los españoles que migraron durante la colonia al actual territorio argentino fueron relativamente pocos, en relación con la población existente. La mayoría habían llegado en su carácter de conquistadores y colonizadores, como funcionarios de la Corona.

“En 1700 había en el Virreinato del Río de la Plata unos 2.500 europeos. Al llegar el año 1810 eran apenas unos 6.000, sobre un total de población de 700.000 habitantes en el actual territorio nacional. A diferencia del proceso de conquista desarrollado por los británicos en Estados Unidos, basado en el establecimiento de colonias agrícolas, los españoles tendieron a la colonización urbana y dejaron territorios sin ocupar como Chaco, Patagonia y La Pampa, lo que incidió en forma

determinante en el desarrollo demográfico”.

Es decir, más que de orden demográfico, la influencia hispana fue cultural. Tal como ocurriera posteriormente con los británicos en la Argentina, el influjo cultural excedió con mucho al número de personas radicadas en el país. España trajo a la América meridional todo el bagaje de la civilización occidental, es decir, los usos y costumbres europeos, junto con la religión católica y el idioma, elementos éstos impuestos de forma más o menos compulsiva al conjunto de la población americana.

Después de la independencia del territorio argentino de España y, más velozmente con la llamada Organización Nacional, la población argentina cambia cuantitativa y cualitativamente. Su número y

composición se trastoca profundamente al compás de las migraciones ultramarinas que, procedentes en su mayoría de Europa, cruzaban los mares hacia los llamados países nuevos, es decir, Estados Unidos, Australia, Uruguay, Brasil y la Argentina.

Se ha calculado que entre mediados del siglo XIX hasta finalizada la Segunda Guerra Mundial, más de 6.600.000 inmigrantes arribaron a la Argentina de ellos, poco menos de la mitad volvió a sus lugares de origen, por lo que se generó de este modo un saldo favorable de, aproximadamente, cerca de 3.500.000 personas radicadas de manera definitiva. Pero más que el número, la proporción de extranjeros sobre la población nativa del país lo que impresiona, máxime en relación con los otros destinos mayoritarios de inmigración: si en 1869 los inmigrantes eran el 12% del total de habitantes, esta proporción subió a 25,5% en 1895 hasta alcanzar un tope del 30,3 % en 1914. Estados Unidos, por caso, jamás llegó a tener más de un 12% de población extranjera en el conjunto de su territorio.

“Toda América recibió inmigrantes a lo largo del siglo pasado. En mayor número, los Estados Unidos. Pero ninguno recibió tantos como la Argentina en relación a su población local. Ninguno vio sus ciudades y sus campos tan profundamente trastornados y modelados por hombres de otras culturas, al punto que hoy no hay aspecto de la vida argentina que pueda desvincularse de este hecho. La manera de hablar, de amar, de trabar amistad; la comida, la música, la política, la educación de los hijos, el deporte, los gestos, los juegos, la religión, están teñidos con su presencia”.

Pese a los más de dos millones de españoles que arribaron a la Argentina entre la caída de Rosas y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, ocuparon el segundo lugar, después de los italianos, entre las colectividades extranjeras y en el flujo de arribos, tal como lo muestra el cuadro No1.

Dicho cuadro amerita una explicación, dado que algunas nacionalidades se subsumían, dependiendo los años, en distintos estados multiétnicos, lo cual provocaba que muchas veces el pasaporte no reflejara la variedad étnica de quien lo portaba.

Así, bajo el rótulo de rusos, además se comprendía a bielorrusos, ucranianos, lituanos, letones y estonios, alemanes del Volga y judíos askhenazis que estaban bajo el antiguo Imperio Ruso y, luego de 1917, bajo la URSS. La mayoría de los comprendidos bajo el rótulo de “turcos” son en realidad árabes (sirios, libaneses en su mayoría) que hasta 1918 entraban con pasaporte del Imperio Otomano (turco).

El antiguo Imperio Austrohúngaro comprendía hasta 1918 a austríacos, húngaros, checos, eslovacos, rumanos, eslovenos y croatas. Los británicos, claro está son ingleses, escoceses, galeses e irlandeses.

Yugoslavia comprendió desde su creación en 1918 hasta su disolución en la década de 1990, a eslovenos, croatas, serbios, macedonios y montenegrinos.

Dicho esto, es necesario ahora explicar por qué esas inmensas cantidades de seres humanos se avinieron a cruzar el Atlántico particularmente hacia la Argentina. En este contexto, los migrantes españoles obedecieron a las generales de la ley, con algunos componentes particulares de la situación peninsular.

A mediados del siglo XIX Europa comenzó a experimentar una gran presión demográfica originada fundamentalmente en el mejoramiento de los índices de bienestar poblacional: es decir, la mengua de la tasa de mortalidad y en el mantenimiento de la tasa de natalidad, lo cual trajo aparejado el incremento de la población europea. El crecimiento demográfico impactó de manera diferente a lo largo del continente europeo. Allí donde la industrialización estaba extendida, se pudo hacer frente al crecimiento poblacional (el norte de Europa, por ejemplo, o ciertas regiones de la Europa mediterránea como la Italia septentrional o Cataluña) En cambio, en los lugares donde este proceso industrial era nuevo o poco extendido, como por ejemplo los países meridionales o de Europa del Este, el excedente poblacional originó graves problemas sociales y políticos, que hizo de estas las regiones expulsoras por antonomasia.

La revolución en los transportes (el ferrocarril, el mejoramiento de los caminos y la mejora de los buques transoceánicos) posibilitó el fácil desplazamiento de grandes contingentes de población. Todas estas mejoras llevaron a un abaratamiento de los pasajes, lo que hizo que mayor cantidad de personas estuviesen en condiciones de abordar los barcos hacia su destino final.

A estos factores se le debe sumar el componente ideológico del liberalismo. Las leyes favorecieron el desplazamiento de los ciudadanos, al suprimirse las normas que lo limitaban. Por otra parte, se infunde un ideario de libertad individual, donde el individuo es dueño de su vida y el progreso material se buscaba en cualquier parte, aún allende el océano.

“Varios autores afirman, y a su vez desmitifican, las razones de la emigración. Una es el hecho que fue la ambición más que la pobreza lo que llevó a emigrar a grandes contingentes de personas. Y la otra fue la alta tasa de alfabetización de los emigrantes, lo que hace suponer que, por lo menos en España, no fueron los sectores más pobres de la sociedad quienes emigraron, sino los sectores intermedios.

Estas necesidades de Europa coincidieron con las necesidades de las elites americanas, permitiendo la aparición de este gran fenómeno social, político y económico” 3.

Por otra parte, el país receptor (en este caso la Argentina) estaba preparado para absorber a los millones de personas que llegaron en eso días. Recordemos que la constitución de 1853 estableció la igualdad de derechos a todos los habitantes, sin distinción de nacionalidades, y fomentó tácitamente la inmigración, al hacerla una obligación del Poder Ejecutivo.

Por otra parte el país tenía necesidad de integrarse al mercado mundial, como proveedor de productos agropecuarios que necesitaba. Para ello se contaba con una zona muy apta para la explotación agropecuaria: la llanura pampeana, cuya explotación requería mano de obra y capitales, escasos en la Argentina. El mejoramiento y expansión de las áreas agrícolas y la construcción de la infraestructura necesaria para explotarlas y exportar sus productos (ferrocarriles, puertos, etc) necesitaba de brazos con que el país no contaba.

No obstante, había inmigrantes que se preferían a otros. Con una concepción rayana al racismo muy propia de la época, se pensaba que los europeos eran los más deseables y dentro de ellos, eran preferibles los anglosajones y germanos por sobre los latinos y eslavos.

Un funcionario de migraciones de fines del siglo XIX definía en estos términos cómo debe ser la inmigración que ingrese a la Argentina, “...De los indígenas americanos, los nuestros, poco numerosos, se han extinguido, otros se van mezclando y así desaparecerá la raza; los del Perú, Bolivia y Brasil, no podrán venir a nuestros suelo; los africanos o de origen africano, es decir, los negros, no serán admitidos como masa inmigratoria, aunque haya habido exploración de intenciones; ni tampoco se podrá consentir entrar a los asiáticos, como inmigrantes numerosos, porque alterarán la homogeneidad, claramente prescripta, para nuestra población, que conviene sea únicamente de origen europeo”

No obstante, el origen de los inmigrantes que arribaron a la Argentina fue mediterráneo en su gran mayoría, según se aprecia en el cuadro No2, con una presencia sustancial de latinoamericanos y no europeos.

“Considerando decenios puede observarse que, excepto el correspondiente a los años 1911-20 y 1931-40, los italianos constituyen el contingente más numeroso, siguiéndole en orden decreciente, los españoles, polacos, rusos, franceses, alemanes y austrohúngaros.

Proporcionalmente en todo el período, la inmigración italiana representa el 43,7%, la española, 33,8%; en conjunto el 77,5%”.

De este cuadro se desprende además, que la inmigración española a la Argentina tuvo su mayor importancia en los diez primeros años de este siglo, hasta la Primera Guerra Mundial, cuando proporcionalmente llegó a ser mayor que la italiana. Posteriormente fue en disminución hasta la postguerra europea en que repuntó nuevamente.

En el caso específico de la inmigración española, puede decirse que, además de las razones arriba expuestas, existieron causas específicas del desplazamiento de amplios contingentes humanos desde España a la Argentina.

Entre las causas de orden económico-social, se pueden consignar, junto a la historiadora bahiense Jorgelina Caviglia, la gran polarización social existente en la España del siglo XIX. Entre los factores de pauperización social se destaca el régimen de tenencia de las tierras, basada en zonas de Andalucía y Extremadura en el latifundio, es decir, extensas propiedades subexplotadas trabajadas por campesinos empobrecidos; o, al contrario en el norte de la península, en el minifundio que era incapaz de alimentar a una familia.

Por otra parte, el proceso de desamortización de tierras de la iglesia y de la nobleza (comenzada a mediados del siglo XVIII) condujo a la privatización de estos terrenos y al subsiguiente despojo de los campesinos que, desocupados, tenían como opciones o caer en el bandolerismo (como en Andalucía) o emigrar, ya que la raquítica industria española no podía absorber la mano de obra.

Entre las causas políticas, puede mencionarse el extenso y duro servicio militar obligatorio. En muchos casos los jóvenes huían de él, pues duraba tres a siete años y los obligaba a luchar en las colonias españolas del norte de África.

Tan extendida estaba la práctica de la deserción que en el caso de Asturias y durante el periodo 1915- 1920 el 40% de los jóvenes huyeron para no cumplir el servicio militar.

Por eso no es de extrañar que los inmigrantes provinieran de los lugares donde se daban con más frecuencia y en mayor medida los problemas que antes se expusieron.

Los primeros inmigrantes españoles provinieron mayoritariamente de las islas Canarias, donde se verificó un mayor crecimiento poblacional.

Luego, vinieron los del norte de España: Galicia, Santander, Oviedo, región asolada por los minifundios; y los del sur español (Extremadura, Andalucía).

Como deja traslucir el cuadro No3, la mayor sangría de inmigrantes la sufrieron Galicia y Andalucía, que integraban, además, el lote de las regiones más pobladas de España en la época.

Al decir de la historiadora argentina María Bjerg, “Observado a escala regional, el rasgo más notorio del flujo español es la persistencia de una larga tradición de migración gallega en la que algunas provincias y comarcas específicas mantienen durante décadas el vínculo con la Argentina.

Por ejemplo, hasta los años 1860, la mayor parte de los gallegos que llegaban a Buenos Aires provenían de Pontevedra y de La Coruña. Empero, durante la última parte del siglo XIX, la información sobre las posibilidades del país como destino migratorio fue extendiéndose de manera lenta pero constante, desde el litoral marítimo al interior de Galicia, de modo que, durante los primeros años de la década de 1900, Orense y Lugo proporcionaron casi la mitad de la población gallega que emigraba hacia Buenos Aires”.

Esta suerte de “contagio” que habla Bjerg fue metaforizada a través de la palabra “fiebre”. Era en el siglo XIX muy común entre los españoles embarcados hacia la Argentina hablar de “fiebre argentina” o “fiebre americana”, para referirse al impulso de migrar. Pero como lo expresa acertadamente un estudioso español del tema, este “contagio” no era viral, sino de información. A través de cartas, informes y coplas, el imaginario popular vio en el acto de emigrar un sinónimo de progreso y en el Río de la Plata un destino pletórico de riquezas; como lo demuestran algunas coplas folklóricas, una de ellas vasca:

“Ameirikatara joan nintzan xentimorik Gabe andik etorri nintzan maitia bost milloien jabe txin, txin, txin, txin, diruaren otsa, aretxek ematen dit maitia biotzian poza”

(Me fui para las Américas, Sin un céntimo, Y volví, querida, Con cinco millones Tlin, tlin, tlin, tlin, El sonido del dinero, Esto es, querida, Lo que alegra mi corazón)

Y la otra en idioma gallego: “Teño de ir a Buenos Aires Anque sea por un ano Anque no traiga diñeiro, Traigo o aire americano”

Esta fortísima presencia de oriundos de Galicia entre los inmigrantes peninsulares explica que el sobrenombre (mitad peyorativo, mitad cariñoso) de “gallegos” dado popularmente en la Argentina a todo español, sea cual fuere su región de procedencia.

Hubo además un plus que decidió a los contingentes españoles acercarse a estas costas: el idioma, que facilitaba el ingreso al mundo laboral y social y los aventajaba respecto a otros inmigrantes de diferente nacionalidad. Identidad de lengua que también lo era de costumbres, idiosincrasia y modo de vida muy similares a las existentes en la Europa mediterránea.

Actualmente la inmigración (que en Argentina es vista historiográficamente como un aporte positivo), retrospectivamente adquiere la dimensión de tragedia para los que, como los españoles, vieron partir a millones de sus ciudadanos.

Al decir de investigadores hispanos en un libro reciente, “En cuanto a la emigración al extranjero, estallará precisamente en esta época [tres últimas décadas del siglo XIX] como una plaga nacional; centenares de miles de ciudadanos españoles habrán de abandonar para siempre la Península, en busca de un trabajo que el deficiente desarrollo económico de nuestro país no les da. [...]

La libertad de emigrar, así como la agilización de los trámites necesarios para abandonar el territorio nacional, datan de enero de 1873. El saldo migratorio de 1.200.000 personas entre 1882 y 1902 ha de considerarse como una gran pérdida humana y económica, sobre todo si tenemos presente que se trata generalmente de personas jóvenes. [...] Por lo demás, la figura del indiano rico, mitificado por la literatura o la zarzuela, está en la mente de todos, mientras han quedado en el olvido los miles de víctimas que sucumbieron después de una vida llena de dificultades”

 

1.3. El proceso de poblamiento de Punta Alta

Al hablarse de poblamiento inicial en Punta Alta, inmediatamente viene a la mente, además de las obras de la Base Naval de Puerto Belgrano, la imagen de cientos de inmigrantes volcándose como una marejada humana a las costas de la ría.

Si bien esta primera percepción es correcta desde el punto de vista histórico, corresponde a una visión un tanto simplificada del devenir de la región, centralizada en torno a una suerte de “historia oficial” que se vino repitiendo sin mayor crítica a lo largo de buena parte del siglo XX.

Apenas se indaga sobre el pasado puntaltense, se anoticia que no todo empezó con la construcción del llamado Puerto Militar.

Es más: hubo españoles que fueron importantes para la historia de Punta Alta mucho antes de que ella siquiera se vislumbrara en el horizonte de la historia.

Uno de ellos, fue el gallego Joaquín Fernández Pareja, del que se tienen pocos datos biográficos pero cuyo nombre está indisolublemente asociado a la historia y a la toponimia de la región.

Bernardino Rivadavia (descendiente él también de gallegos), por entonces ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires deseaba, establecer un puerto en el territorio provincial para sacar lo producido en tierras susceptibles de recibir agricultores establecidos en colonias.

El 21 de noviembre de 1823, envió una misión de reconocimiento a la bahía Blanca a bordo de la goleta estadounidense Clive. Iba como piloto Joaquín Fernández Pareja, quien conocía la costa meridional bonaerense sólo por referencias.

Joaquín Fernández Pareja nació en Galicia el 3 de abril de 1781 y luego de egresar de la Escuela de Náutica, llegó a Buenos Aires en 1808. En 1810 abrazó la causa de la Revolución contra España. Prestó servicios como navegante y, en algún momento no determinado, fue capitán de milicias nombrado por Juan Manuel de Rosas.

A lo largo del siglo XIX hubo en la zona un amplio movimiento demográfico y económico que, si bien esta supeditado a un carácter rural, no por eso era inexistente ni dejó de tener importancia.

Las llamadas “tribus amigas” de la Fortaleza Protectora Argentina (hoy Bahía Blanca) hacia 1870 se asentaron en terrenos fiscales linderos a lo que habría de ser luego Punta Alta otorgadas en recompensa por los servicios prestados en la defensa del asentamiento militar.

Las “suerte de estancias”, es decir, las tierras de los Linares, Ancalao o Antenao eran establecimientos rurales donde criaban ovinos y vacunos.

La gente de Ancalao tomó posesión de las 5000 hectáreas en lo que es hoy Ciudad Atlántida y Arroyo Pareja, mientras que los Linares se asentaron en las tierras que luego ocuparon las Baterías de costa de la Base Naval. Allí permanecieron hasta que comenzaron las obras del Puerto Militar, cuando fueron desalojados sin reparos.

Independientemente de las parcialidades indígenas, los primeros pobladores blancos de los que se tienen noticias fueron el Tte. Coronel Manuel Leiva (o Leyba) y su esposa Felipa Araque, quienes se instalaron en un campo que ocupaba lo que hoy es el centro de Punta Alta. Fallecido Leyba, su viuda instaló una pulpería. En 1866, el agrimensor Christian Heusser de Bahía Blanca realizó la mensura del campo que Felipa decidió vender a Luis Bartoli, de Buenos Aires.

Otros habitantes que tradicionalmente se mencionan como habitantes en los días previos al establecimiento de la Base Naval son pobladores más o menos aislados que se dedicaban a diversas tareas (mercachifles, bolicheros, etc.), algunos de los cuales eran italianos.

De manera concomitante, se descubrieron las posibilidades naturales brindadas tanto por el nicho ecológico de la ría, comprendiendo las islas adyacentes (como Zuraita y Embudo, entre otras).

Prosperaron numerosos emprendimientos, y se fue transformando progresivamente el espacio natural. Tal el caso de la explotación de chañares y piquillines que crecían en las islas y constituían una fuente de energía barata y abundante para las embarcaciones que merodeaban la zona.

Hacia 1894 dicha actividad fue regulada por el Estado, imponiendo el abono del 10% de las ganancias obtenidas por los encargados de ese negocio.

También cobró importancia la explotación ganadera, desarrollada en las mismas islas y al margen de los emprendimientos antes citados.

El primer caso del que existen datos corresponde a un norteamericano llamado Joseph Arnold, que se arriesgó en la exploración de la isla Verde con la idea de determinar sus condiciones para la cría del ganado ovino. Ello tuvo como resultado la instalación de una estancia con 5000 ovejas, por el año 1852.

Si bien a finales del siglo XIX la industria pesquera estaba representada por humildes marinos, la mayoría italianos, existió en 1891 una importante compañía pesquera a cargo de Eusebio López, la que había obtenido una concesión que le permitía ejercer un gran monopolio.

“Pero más significativo fue un proyecto que aún no tenía antecedentes en el país, la instalación de un criadero de ostras. En 1894 el señor Eugenio Pinsolles y Cia., de procedencia francesa, decidió darle empuje a dicho propósito en Arroyo Pareja. Constituyó una tarea ardua y costosa, debido a que tenía que introducirse las ostras madres que servían de semilla e intentar su adaptación a las aguas de la bahía.

En un primer momento los trabajos dieron resultados positivos, pero hacia 1896, la actividad fracasó, sin ser conocidos fehacientemente los motivos. En “El Gran Álbum de Punta Alta”, se presume que pudo haber sido las fuertes corrientes del canal o el restringido consumo, que la hacía poco rentable.

Al año siguiente, en 1897, don Francisco Torrontegui junto a su familia deciden instalar una fábrica de conservas de pescado en Arroyo Pareja siendo una de las primeras industrias locales.

La bahía tuvo su mayor desarrollo económico a partir de la creación del Puerto Militar, que trajo aparejada la llegada de futuros pobladores de todas partes del mundo, principalmente italianos y españoles. Algunos de ellos, con trayectoria pesquera además de desempeñarse como operarios civiles de la base, poseían sus respectivas canoas y lanchas con las cuales incursionaban en la bahía”.

Es de destacar que merced a la labor de un español, Punta Alta contó con su primer establecimiento industrial: la ya nombrada planta enlatadora de pescado, propiedad del vasco Francisco Torrontegui.

Torrontegui era natural Gamiz, provincia de Vizcaya y llegó a la Argentina a fines de la década de 1880. Aquí emprendió la actividad pesquera en proximidades de Puerto Galván asociado con otros paisanos.

Decidido a probar suerte de manera independiente, se instaló en Arroyo Pareja. A orillas de esa caleta, levantó una vivienda para su familia y un galpón, donde se instalaría esta primera industria puntaltense, llamada La Vascongada, en homenaje a su tierra. De manera casi artesanal, se armaban las latas y se envasaba el pescado (corvina, pescadilla, lenguado, congrio, lisa), convenientemente esterilizados los envases con autoclave. La materia prima se pescaba en la misma bahía, mediante una ballenera y varias embarcaciones menores. La falta de protección aduanera contra los productos importados, hizo que, al cabo de diez años, cerrara la enlatadora.

De este modo, tenemos asentados previamente a la construcción de la Base Naval en las tierras que posteriormente serían rosaleñas a un número bastante importante de personas que desarrollaban múltiples actividades económicas, lo que socava la idea de que ésta fue asentada en un arenal desierto y huero.

 

1.4. Los factores de desarrollo puntalntense

La decisión del gobierno nacional de construir un Puerto Militar en la bahía Blanca se tomó a partir de ciertas concepciones geopolíticas imperantes a fines del siglo XIX. que ponían especial acento en la importancia del poder naval para el desarrollo de las naciones con importantes litorales marítimos. Argentina, como el resto del mundo, se avino a esa idea, propiciada por su extenso litoral atlántico. Además había en esa época otro factor de peso para impulsar el desarrollo de la capacidad de la marina de guerra: el peligro inminente de un enfrentamiento armado con Chile debido a cuestiones relacionadas con el trazado de los límites fronterizos.

Así, a partir de 1897 comenzaron los trabajos preliminares de la obra, que tuvo al capitán Félix Dufourq como su mentor y promotor y al ingeniero Luigi Luiggi como su factótum.

Con motivo de estos trabajos, llegaron a la zona de Punta Alta un importantísimo contingente de personas, atraídos por la posibilidad de trabajo.

Hasta 1900 arribarían y se instalarían en las inmediaciones del Puerto Militar alrededor de 2800 obreros, afectados a los trabajos de construcción de las diversas instalaciones y dependencias, cifra que luego oscilaría en los 1300 individuos, para luego reducirse apenas a una centena al concluir los trabajos.

Así y todo, la finalización de las obras navales no significarían el despoblamiento del lugar ni mucho menos. Por el contrario, a la altura de aquellos acontecimientos tres pequeños núcleos poblacionales se habían formado. El primero se encontraba en Arroyo Pareja, como se dijo antes, asiento principal del movimiento de los materiales de las obras y tránsito obligado hacia las baterías. Allí había unas cinco pulperías, un almacén, una peluquería y una carnicería, que surtían a otras tantas casas de particulares. La empresa La Argentina del Sud, de los señores Mora y Hervitt hacía el recorrido diario entre dicho paraje y Bahía Blanca, conduciendo pasajeros, mercaderías y correspondencia. Por el mismo tiempo, más al norte, a la altura de Ciudad Atlántida se estableció otro pequeño grupo de viviendas, instalándose allí la primera panadería de la zona.

Por último, unas cuantas casitas se habían levantado a la vera de las polvorientas calles Progreso y Transvaal, hoy Colón y Bernardo de Irigoyen. A dicha población se la llamaba Punta Alta, o Uriburía, como el mismo ingeniero Luiggi la denominaba en sus planos, en homenaje al presidente Uriburu, impulsor de la ley de creación del puerto.

Progresivamente se les fueron sumando otras viviendas como también comercios de diversa índole, crecimiento debido, sobre todo, al establecimiento de la estación de trenes, que permitía no sólo la recepción inmediata de las provisiones sino también un contacto relativamente fluido con la vecina ciudad de Bahía Blanca. Pueblo anárquico se lo llamaba, puesto que cada poblador se instalaba libremente, donde lo creyera conveniente, sin reparar en aspectos legales relacionados a la posesión de títulos de propiedad.

No obstante, desde el punto de vista técnico, la traza urbana que se fue definiendo respetó un cierto orden, como puede observarse ya en el primer plano de relevamiento que se tiene conocimiento, realizado aproximadamente en 1903.

Existía un cuasi damero de pocas manzanas cuadrangulares, unas veinticinco, parcialmente edificadas y agrupadas principalmente en la avenida Progreso, frente a la estación, como también en las dos primeras cuadras de la calle Transvaal, presagiando el eje articulador del futuro centro comercial.

 

1.5. Españoles en Punta Alta

Obreros y no sólo obreros:

también arribaron los necesarios comerciantes y proveedores para atender las necesidades de la creciente población. Se produjo así una suerte de círculo virtuoso en que cada persona radicada atraía otra, encandilados todos por un progreso que se creía ilimitado.

En el caso concreto de Bahía Blanca, su economía en expansión de principios del siglo XX hizo que la afluencia de inmigrantes fuera muy grande. En 1906, con la agricultura de la zona en franco crecimiento, las obras casi terminadas del Puerto Militar, por comenzarse los trabajos de construcción del Ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano, y obras en los puertos de Ingeniero White y Arroyo Pareja, no era de extrañar que la proporción de extranjeros haya llegado a un impresionante 56%. Y aún, buena parte del 44% de argentinos era hijo (o nieto) de inmigrantes.

De esos pioneros que arribaron a suelo puntaltense, un gran número fueron extranjeros. Pero como casi no hubo inmigración directa hacia Punta Alta (las excepciones se mencionan más bajo), la mayor parte de los trabajadores provenían de Bahía Blanca, de otros sectores de la provincia o del resto del país, alentados en su traslado por la fuente de trabajo que proveía la construcción de la Base Naval. Luego, finalizado el grueso de las tareas de edificación, muchos de ellos abandonaron la zona, pero otros siguieron llegando, esta vez movilizados por la fantástica expansión experimentada por Punta Alta entre 1900 y 1914.

En situaciones histórico sociales tan particulares como la puntaltense de principios del siglo XX, no existen estadísticas fiables con las que se pueda reconstruir fehacientemente la composición de la población en aquellos años liminares.

Por eso, resulta prácticamente imposible hacernos una idea, por aproximada que sea, del número de españoles que habitaban la Punta Alta inicial y, mucho menos, de las regiones donde provenían. Los pocos ejemplos que hallamos de esos años tampoco sirven a fines estadísticos, pues son datos aislados o incompletos con los que no puede hacerse un análisis válido.

Una herramienta para sortear estos obstáculos ha sido, como en un libro anterior dedicado a los italianos en Punta Alta, el examen de las actas conservadas en el Registro Civil de la Base Naval. Éste comenzó a funcionar en 1901.

La nómina de testigos que figuran en las Actas de Defunción de ese año es significativa (Ver cuadro No4). En ellas figuran datos como la nacionalidad y la ocupación de los comparecientes. Además, el número de testigos- 176-, es realmente un número elocuente, dado que Punta Alta contaba con 790 habitantes (sin contar los que vivían dentro de la Base Naval) en ese año, conforme lo indicado a datos censales.

Del análisis surge que el peso de los españoles en ese entonces era más bien exiguo, sobre todo si lo comparamos con los italianos, que los superan ampliamente el número.

Esta proporción, empero, fue circunstancial, dado que en esos primeros años del siglo, aún los obrajes de la Base latían al pulso febril de las obras y se sabe que la mayor parte de los operarios eran italianos.

Desgraciadamente la falta de material archivístico que de cuenta del número de españoles (siquiera aproximado) y de sus lugares de procedencia, conspiran contra todo intento de aproximarse a esta realidad demográfica.

Sin embargo, puede conjeturarse que aquí también constituyeron, al igual que en el resto del país, la segunda colectividad en número y su presencia debió registrase en todos los distintos sectores de la actividad. Como se ha dicho, el idioma no era obstáculo (como en el caso de los italianos y otros extranjeros) para desempeñar labores administrativas o burocráticas.

Lo cierto que, a partir de esa fecha, el número de españoles afincados en Punta Alta fue creciendo paulatina y significativamente hasta lograr pasar los varios centenares en vísperas de 1910. Sabemos que la mayoría siguió el destino común a todo recién llegado a la ciudad: primeramente se desempeñaban en algún trabajo vinculado al Puerto Militar.

La mayor parte de los españoles que llegaron debieron de haberse empleado en tareas da construcción del Puerto Militar: operarios de pico y pala pero también empleados en logística (encargados de proveedurías, depósitos, etc.); en este último tipo de tareas bien tuvieron que poseer la ventaja del dominio del idioma por sobre inmigrantes de otros orígenes.

Dependiendo del empuje individual y también de su nivel de escolarización, muchos de ellos lograron ascender socialmente al poner un comercio (asociado o no a otros connacionales) y edificar una casa en el pueblo naciente.

De este modo, a fines de la década tenían la fuerza suficiente como para agruparse en la primera asociación étnica de la ciudad.

 

1.6 Inmigración directa a la bahía Blanca

En un trabajo de este tipo, no puede faltar la mención somera a la experiencia de inmigración directa a nuestra zona, dado que involucra directamente a los españoles.

En efecto, en 1911 y 1912 llegaron 6.300 personas, mayoritariamente españolas19.

A fines del siglo XIX la expansión económica de Bahía Blanca era motivada por la fuerza laboral de los inmigrantes y por eso precisamente los necesitaba; a fin de fomentar una suerte de círculo virtuoso, las élites locales de ese entonces propusieron una serie de medidas tendientes todas ellas a promover la radicación de extranjeros en suelo bahiense.

A tal fin se crearon varios organismos burocráticos: en 1884 abrió sus puertas una oficina local de inmigración, que atendía a los recién llegados. En 1887 se instaló la Comisión de inmigración, que tenía a su cargo la instalación de los inmigrantes tanto en la ciudad como en la región y que debía hacer conocer las posibilidades que ofrecía la zona a los extranjeros.

Hacia 1890, se construyó el Hotel de Inmigrantes en Bahía Blanca, como un intento del gobierno nacional de propender la radicación de extranjeros en ciertos puntos del interior del país: allí tendrían, por cuenta del Estado, alojamiento y comida gratis por unos días, hasta tanto consiguieran trabajo ya sea por contactos particulares o a través de la bolsa de trabajo que funcionaba en el mismo hotel. Sin embargo, tuvo poco uso y a partir de 1895 fue ocupado para residencia de tropas del Ejército acantonadas en Bahía Blanca.

Sin embargo, estos esfuerzos se mostraron insuficientes o, por lo menos, no estaban a la altura de las expectativas locales, que deseaban encarar una política más agresiva de atracción de inmigrantes a la región sudoeste bonaerense. A partir de 1907 se comenzó a solicitar que se habilitase el puerto para entrada directa de contingentes europeos y se realizó una extensa campaña que culminó en enero de 1911 con el desalojo de los soldados que ocupaban el Hotel de Inmigrantes.

Se lo acondicionó de modo que podía albergar a 1500 personas, tenía dos grandes salas-dormitorio para hombres, una para mujeres, un escritorio, sala de lectura y enfermería.

El 26 de febrero de 1911 llegó al puerto el vapor Santos, trayendo inmigrantes que se alojaron en el Hotel. Sin embargo, a raíz de la intensa sequía que sufría la zona, muchos de los recién llegados se esparcieron hacia Buenos Aires, Tucumán, Rosario o Mendoza21.

En palabras de la historiadora bahiense Jorgelina Caviglia: “El balance de la inmigración directa fue negativo [...] y evidencia la improvisación con que se desarrollaba la política inmigratoria en el país. En total, las remesas hasta 1914 fueron quince y el número de inmigrantes superó los seis mil [...] El experimento de inmigración directa a Bahía Blanca demostró que no bastaba desembarcarlos en nuestro puerto para asegurar su asentamiento en la ciudad, sino que era necesario crear centros de producción e intensas actividades económicas a donde fluiría sin presiones y espontáneamente la corriente inmigratoria”.

 

 

 

 

  1. Fundación de la Asociación Española de Punta Alta

 

 

2.1. La situación sanitaria puntaltense en los albores del siglo XX

Pese al veloz crecimiento demográfico de Punta Alta, o precisamente a raíz de ello, la ciudad adolecía de serias carencias en lo que hoy llamaríamos infraestructura urbana.

Las calles eran de tierra, con zanjones a los costados para descarga de desagües pluviales; faltaban las veredas y la iluminación pública, si bien desde prácticamente el inicio del pueblo se contaba con agua corriente y energía eléctrica, aunque este último era un servicio prestado en forma bastante precaria.

Pero ante todo, la naciente población padecía de una atención médica insuficiente, que no se condecía con el vertiginoso crecimiento demográfico.

Las obras para la construcción del Hospital de Marina (actual Hospital Naval Puerto Belgrano) se iniciaron en 1897 y llevaron tres años.

Se inauguró el 6 de julio de 1900.

El nosocomio, pionero de la región, absorbió un elevado porcentaje de la demanda local, especialmente aquella vinculada directamente con la Armada.

Pero precisamente su carácter de hospital naval imposibilitaba a un importante sector de la población puntaltense acceder a la atención médica. Recordemos que Punta Alta crecía con comerciantes y proveedores de toda suerte de servicios, no sólo con operarios navales o militares. Es por esta circunstancia que la salud pública seguía siendo un problema para la Municipalidad de Bahía Blanca y fueron constantes sus esfuerzos para tratar de resolver la situación.

Fue a partir de 1902 que, en forma sucesiva, el gobierno municipal destinó a varios médicos para atender en Punta Alta.

“Al respecto, el periódico bahiense El Comercio, en su edición del 5 de mayo de 1904 expresaba: «A pesar de la numerosa población, no existe médico municipal ni de policía en Punta Alta, atiende a los enfermos y accidentados de la empresa constructora, el doctor Mario Vigo, que se traslada desde Bahía Blanca.» También el doctor Sixto Laspiur, médico municipal bahiense, acudía una vez por semana a Punta Alta con el objeto de practicar revisiones de carácter higiénico. No obstante, en muchas oportunidades era el farmacéutico Aquilino del Álamo quien hacía las veces de médico”

En ese entonces, comenzó la actuación en nuestro medio de Mario Cornero: “El doctor Mario Cornero, cirujano de división, y, a la postre, primer director del Hospital Naval, fue uno de los facultativos insignes de esta primera etapa. Éste, mediante autorización del Gobierno Nacional, en 1904 instaló un consultorio gratuito actuando como médico municipal para poder atender a los enfermos civiles. En actitud que merece destacarse, ahorró los honorarios que le correspondían por su labor civil (150 $m/n mensuales), y los aportó en beneficio de una sala de primeros auxilios para nuestra localidad.

Ésta se encontraba instalada en un moderno edificio y contaba con excelente material quirúrgico, estufas esterilizadoras, dotación completa de medicinas, mesa de operaciones y dos camas. Al poco tiempo se anexó una sala de maternidad, que se inauguró con una cama para parturientas necesitadas el 25 de diciembre de 1908.

Se supone que dichas instalaciones no tuvieron un uso prolongado, quizás debido a que su mantenimiento era llevado a cabo a través de donaciones de particulares”.

Es de destacar que el Dr. Cornero distaba de ser un simple cirujano naval. Tenía, a la sazón, una vasta trayectoria. Fue médico sanitarista y estudió en Berlín, junto al Dr. Robet Koch, el bacilo de la tuberculosis. Antes de ser designado en su cargo en el Hospital Naval, fue gobernador de Tierra del Fuego.

El primer médico en radicarse en la ciudad fue Ramón Ayala Torales. Nació en la ciudad de Buenos Aires en 1889. Recibido de médico en la Universidad Nacional de Buenos Aires, ejerció su profesión en Bahía Blanca, ciudad que lo atrajo sin duda debido a su progreso y su porvenir que se antojaba venturoso.

Desde allí comenzó a viajar a Punta Alta, a fin de atender pacientes. Al notar que faltaba aquí un médico, resolvió radicarse en el pueblo. Su primer consultorio lo instaló en Rivadavia 120, en 1908. Pronto, además de su actividad profesional, se vinculó a círculos del radicalismo local, y conformó la primera Comisión Pro-Autonomía, en ese mismo año 1908.

 

2.2. La Sociedad de Socorros Mutuos

Fue en este contexto en que varios inmigrantes españoles decidieron agruparse en una asociación mutual a fin de hacer frente a los ingentes gastos de salud.

El grupo se reunió el 22 de octubre de 1910. Fue elegido un lugar por demás simbólico: en la primera casa de material edificada en la ciudad en la esquina de Bernardo de Irigoyen y Av. Colón, propiedad de Antonio Malerva.

De esta primera asamblea no se ha conservado el acta, pero se sabe que allí se nombró una Comisión Provisoria compuesta por Gregorio Brieva como presidente; Santiago Rodríguez, Emilio Heras, Cándido Menéndez y José Lamosa.

También se acordó una próxima reunión para constituir definitivamente una asociación de socorros mutuos.

De este modo, el día 30 de octubre de 1910, la sesión se abrió con un “hermoso discurso” de Brieva, donde expresó la necesidad de formar la Asociación que era necesario nombrar a la Comisión Directiva y que esta elección debían hacerlo “con el único objeto de que fueran personas inteligentes y capaces de poder desempeñar brillantemente los cargos que se le designen”. Estas palabras fueron rubricadas con grandes aplausos por la Asamblea General.

Es en esa reunión liminar donde Lamosa ofreció, de manera provisoria, la sala de redacción de su periódico, La Autonomía, para reunirse los integrantes de la flamante Asociación Española de Socorros Mutuos.

Los socios fundadores, presentes en esa histórica jornada, fueron 115. De ellos salió la primera Comisión Directiva, conformada de esta forma.

Presidente: Gregorio Brieva

Vicepresidente: Juan José Gómez

Secretario: José Lamosa

Prosecretario: Antonio Núñez

Tesorero: Emilio Heras

Protesorero: Cándido Meléndez

Vocales titulares:

Santiago Rodríguez

Gilberto Del Campo

Joaquín Fernández

Eligio Sánchez

Veremundo Álvarez

José Pérez Vilches

Maximino Pérez

Elías Cidad

José Álvarez García

Juan J. Castro

Joaquín Gutiérrez de Valle

Francisco Llonch

Los miembros de la Comisión Directiva eran todos españoles que acreditaban su pertenencia a la comunidad puntaltense ya con un comercio instalado, ya con un trabajo independiente.

Llegados a este punto, debe preguntarse sobre los ideales que impulsaron a ese grupo de españoles a fundar una asociación de socorros mutuos; y, sobre todo, interrogarse acerca de qué antecedentes existían de sociedades de este tipo.

 

2.3. El Mutualismo

Brevemente, puede decirse que el mutualismo alcanza buena parte de lo que modernamente se llama “previsión social”. Por ello, se considera que la acción mutual tiene raíces en tiempos remotos. El sólo hecho de participar en sus cargas y beneficios, define la intención de los socios, que encuentran en la ayuda mutua una solución para resolver los múltiples problemas que aquejan al hombre: insuficiencia de medios para atender a las necesidades del diario vivir.

En este sentido, el mutualismo tendría por función la defensa común de quienes se asocien para beneficios de todo el conjunto de afiliados.

Sin necesidad de remontarnos a los tiempos de la colonia, el mutualismo argentino se vio impulsado por el fenómeno inmigratorio que antes se ha detallado. En ese sentido, fueron las sociedades formadas por las distintas colectividades las que sembraron el suelo para que diera los frutos perennes del moderno mutualismo nacional.

Como tal, el origen de este impulso coincidió con la llegada masiva de extranjeros al territorio argentino. En la segunda mitad del siglo XIX comienza a instaurarse el sistema mutual en nuestro país en forma evidente.

Es menester aclarar que tanto mutuales como cooperativas están íntimamente emparentadas puesto que su origen es puramente popular. Fueron trabajadores quienes crearon esas instituciones, con el propósito de mejorar sus condiciones de vida, promoviendo así una positiva acción social. Ambos sistemas concuerdan asimismo en el respeto a la libertad individual, la defensa de la propiedad privada y el repudio a todo sistema colectivista o dirigista que, de cualquier forma, pretenda quebrar la libre voluntad de los hombres.

Para sintetizar, existen, por tanto, dos vertientes de los movimientos sociales: uno económico, que es fundamentalmente el cooperativismo; y otra que atiende a los problemas sociales, el mutualismo.

En el caso de la Argentina, es de destacar la acción que desarrolló un español, pionero de la doctrina mutualista en el país, José María Buyo.

De él ha dicho un historiador: “La figura prominente fue sin duda Don José María Buyo, a quien se le debe la creación de la mutualidad en las márgenes del Río de la Plata. Espíritu visionario se adelantó a los tiempos, y ante la imposibilidad de que fructificaran sus ideas en Buenos aires, pasó a la Banda Oriental, fundando la Sociedad de Socorros Mutuos de Montevideo. De allí pasó a Santa Fe, luego a Rosario [...] En 1852, abatido el gobierno de Rosas, pasó a Buenos Aires, y allí sembró sus principios ...” Buyo fundó, junto con otros connacionales, lo que posteriormente se conocería como Sociedad Española de Beneficencia en 1857.

Desde allí, el ejemplo mutualista cundió por todo el país, no solamente en las distintas colectividades españolas sino también en toda colectividad extranjera. Es así que italianos, franceses, alemanes y miembros de otras colectividades, se aunaron para lograr la defensa de los beneficios sociales a lo largo y ancho del país en los últimos años del siglo XIX.

En el caso específico de las sociedades españolas, las más antiguas del territorio bonaerense son: la de Carmen de Patagones (24 de octubre de 1875); la de Luján (17 de junio de 1877); Las Flores (1o de marzo de 1879); Benito Juárez (7 de junio de 1879); Chivilcoy (9 de julio de 1879); la de Bragado (12 de octubre de 1881); y la de Bahía Blanca (26 de febrero de 1882).

Sin ánimo de exagerar, se podría decir que el mutualismo pretendió unir a todos los españoles más allá de sus particularismos nacionales (vascos, catalanes, gallegos, etc) y de sus diferentes ideales políticos (los había republicanos y monárquicos y también elementos de la izquierda proletaria). En el caso específico de los españoles, el éxito del sistema se evidencia en los números: para 1914 había unas 250 asociaciones que reunían a más de 100.000 socios en toda la Argentina.

Un estudioso sobre el tema, Hugo J. Rodino precisó los alcances y funcionamiento del mutualismo en la Argentina: “Con respecto al mutualismo español podemos decir, comparando los reglamentos de las diferentes asociaciones, que el objetivo fundamental era crear un fondo común para socorrer a sus asociados por enfermedades o sus consecuencias, y con tal fin estas asociaciones contrataban médicos, farmacéuticos, etc. También en algunos casos le pagaban una suma diaria a aquellos cuya enfermedad no les permitía trabajar [...] En caso de fallecimiento de un asociado, los gastos funerarios corrían por cuenta de la sociedad, y los demás asociados tenían que asistir a los funerales y acompañar los restos del difunto”.

Asimismo, habitualmente había requisitos para ser asociado: “Para ser socio era necesario ser español o hijo de padre español, que haya estado o estuviere en otra asociación semejante, que no tuviera enfermedades crónicas para lo cual se sometería a un reconocimiento médico. El socio debía tener buena reputación y conducta en la ciudad o pueblo donde vivía, y tener una profesión u oficio”

La organización y gobierno de estas asociaciones seguían todas más o menos el mismo modelo, difundido por todo el país.

El órgano supremo de gobierno estaba conformado por una Comisión Directiva surgida del seno mismo de la sociedad, por voto libre de los socios, compuesta, por lo general, por un presidente, un vice, un secretario de actas, un tesorero y vocales.

Esta Comisión se reunía periódicamente y era la encargada de la dirección y administración de la entidad. Redactaba y hacía observar el reglamento de la sociedad, nombraba a los cobradores de las cuotas societarias y resolvía todos los asuntos generales como organización de fiestas, relaciones con otras asociaciones y con la comunidad, etc.

Los presidentes eran los jefes de estas asociaciones, consensuaban acuerdos entre las diferentes opiniones de los miembros de la Asamblea y vigilaban la marcha general de los asuntos de la sociedad, además de ser la cara visible de la entidad y representarla en celebraciones o ante autoridades.

Los secretarios redactaban el acta de sesiones y llenaba obligatoriamente el libro de actas, otro de matrículas (donde se llenaban los datos de los socios), uno de correspondencia, un libro de quejas y otro de sociedades hermanas. Generalmente existía otro libro de enfermos, donde figuraba el nombre del enfermo, su número de matrícula.

El secretario también tenía a su cargo el archivo y los sellos de la sociedad y autorizaba recetas y órdenes de consulta médica. En algunos casos era necesario contratar a un secretario rentado para que ayudase en la enorme labor.

Las asambleas se reunían asiduamente y las de carácter extraordinario lo hacían para tratar algún asunto urgente o de gran importancia.

Todo este trabajo era ad honorem, y se realizaba, generalmente, luego de la jornada laboral. Que un grupo de hombres, por más aspiraciones filantrópicas o de necesidad que tuvieren, dedicaran sus horas libres a semejante labor y que, muchas veces estuviesen sometidos a presiones o sinsabores, requiere una explicación más profunda y ésta tiene que ver con la integración de los sectores inmigrantes a la sociedad receptora.

Si bien en general en la Argentina, y particularmente en el caso de la comunidad española, no hubo grandes problemas de segregación o de racismo, lo cierto es que los inmigrantes pertenecían en su inmensa mayoría a la clase trabajadora y comenzaban su carrera de ascenso social “desde abajo”. En este caso, los grupos dirigentes de estas sociedades, la mayoría comerciantes que habían logrado su condición de tales con mucho esfuerzo personal, veían en el dirigir a estas sociedades un cierto lustre social que le permitía ganar reputación social.

Como bien dijo Fernando Devoto: “El prestigio social que daba el título de presidente de una de estas entidades, o incluso miembro de su comisión directiva, las posibilidades de interacción con las autoridades consulares del país de origen que brindaban, la visibilidad en los actos públicos, que se hacían en el radio de acción de las mismas (sobre todo si era en lugares periféricos), constituían reconocimientos ambicionados, aunque nos pueden parecer modestos y a veces un poco patéticos”

Sin embargo, el pertenecer a estas asociaciones, en algunos casos, no agregaba prestigio, sino que lo quitaba. Tal el caso de algunos extranjeros muy exitosos que habían logrado insertarse cómodamente en las élites locales a causa de su cultura, profesión o fortuna (como los directivos de las empresas extranjeras, por ejemplo). En esos casos -inexistentes en Punta Alta- la pertenencia a alguna de estas asociaciones de socorros mutuos los identificaría con sus compatriotas menos favorecidos; para estos grupos de élite, existían otros ámbitos, (como el Club Español de Buenos Aires), donde se pagaban cuotas más elevadas y sus miembros solían hablar de política, leer el diario y los libros de sus bibliotecas y compartir actividades recreativas como bailes, comidas, etc.

 

2.4. El problema del médico

Como se ha visto, el problema de la atención médica y los costos derivados de ésta y el lucro laboral cesante era común a todas las asociaciones extranjeras del país.

Hacia 1890, la Sociedad Española de Bahía Blanca había inaugurado su sede social, que funcionaba, a su vez, como nosocomio; se la llamaba la “Casa Hospital”. Pero, de hecho, nunca funcionó como lugar de internación de enfermos sino como enfermería o sala de primeros auxilios, en parte por los elevados costos que demandaban la edificación de un hospital con toda su aparatología y, en parte, porque el Hospital Municipal ya cubría las necesidades de medicina más compleja.

En Punta Alta la Comisión Directiva de la flamante asociación decidió a poco de fundada, repartir entre “el médico de Punta Alta y las farmacias bahienses copias del estatuto social, así se avenían a prestar un servicio de descuentos en compra de medicamentos a los socios. Se encargó de esta tarea el boticario local, Aquilino del Álamo.

El socio Elías Cidad expresó el 26 de enero de 1911 que la mayoría de los socios estaban disconformes con el nombramiento del “médico local” y solicitó que se escriba al Dr. González, director del Hospital Español de Bahía Blanca, para que provea un facultativo.

En la reunión del 9 de febrero de 1911 se acordó asignar una cápita de cincuenta centavos por socio al médico que quisiera prestar sus servicios profesionales. Se comisionó a Del Álamo para que viajara a Bahía Blanca y viese si habría un médico que desease viajar a Punta Alta.

A los pocos días, el 23 de febrero, el mismo Cidad insistió en el grave asunto del médico. Primero expresó que al no recibir respuesta por parte del Dr. González, debe escribírsele nuevamente. Y continuó diciendo que era cuestión a resolver para incrementar el número de socios y la feliz prosecución de la Asociación.

Cuando el socio Núñez propuso aceptar el médico de la ciudad, si no se conseguía otro, Cidad respondió de manera enfática: “Cidad dice que si el pueblo estuviese más conforme con el Dr. Local, sería bueno, pero que no siendo así la sociedad se perjudicaría y prueba de ello es que la de la Sociedad que él tenía no le quedan socios y cuando empezó contaba con unos trescientos”

Se ignora a qué asociación hizo referencia Cidad, si era un intento previo de asociación de la comunidad española puntaltense (cosa improbable dado la cantidad de miembros invocado, cerca de tres centenas) o era una mutual de otro tipo la que, inclusive, pudo haber integrado Cidad fuera de Punta Alta.

Lo cierto es que quedan en esas actas y en subsiguientes el disgusto por la atención del “Dr. Local” que, aunque no mencionan explícitamente, no debe ser otro que Ramón Ayala Torales.

En esa misma reunión se acordó asignar al facultativo que se avenga a radicarse en el pueblo por espacio de dos o tres meses un sueldo de $150.

Pero ni aún con esa oferta consiguieron un profesional. El problema del galeno de la institución ocupa prácticamente todo ese año 1911.

Como acción ya rayana a la desesperación, se decidió publicar avisos en diarios de la Capital Federal (La Prensa, La Nación y el vocero de la comunidad hispánica Diario Español), solicitando médico para radicarse en la ciudad.

A fines de abril, el Dr. Cornero aceptó las condiciones y se acordó, por consiguiente, comprar los enseres necesarios para la instalación de un pequeño consultorio.

Inmediatamente se propusieron buscar un local acorde y lo hallaron. Se decidió el traslado a un local para la secretaría de la institución y pieza contigua por $28 mensuales; y consiguieron por $17, otra pieza con cocina.

Empero los oficios de Cornero (que tenía sus ocupaciones en la Base), iban a durar unos meses, conforme lo establecido. Por ello, apenas dos o tres meses después, se exhortaba nuevamente con la necesidad de contar con un médico radicado en la localidad. Se insistió en buscar uno como sea y, de ser necesario, convocar a una asamblea para conseguir los recursos necesarios.

Finalmente se rindieron ante la evidencia: ningún médico iba a venir en lo inmediato a radicarse a Punta Alta, por lo que el Dr. Ayala Torales, más allá de la opinión de muchos socios, se convierte de hecho, en el facultativo de la Asociación.

A él seguirían otros médicos que actuarían aportando sus saberes a los asociados, en décadas posteriores.

 

2.5. Los españoles, pioneros del desarrollo institucional puntaltense

La Asociación Española de Socorros Mutuos de Punta Alta, fue la primera asociación creada en la ciudad que tuvo permanencia en el tiempo y consistencia a través de los años. Ignoramos si hubo intentos anteriores de asociacionismo en la ciudad, porque las carencias documentales de la primera década del siglo XX (que es la primera década de vida de la ciudad) no permiten trazar un panorama de la vida social de aquellos años.

Empero, puede decirse que 1910 es el año liminar que trazó el rumbo definitivo a otras voluntades que deseaban agruparse, sea con fines sociales, recreativos o para cubrir necesidades básicas no cubiertas ni por el Estado ni por otros entes privados.

En esos años, la capacidad organizativa de los componentes de la llamada sociedad civil era la norma.

No solamente en Punta Alta sino en todo el país, multitud de personas de toda extracción social y cultural, de la más variada procedencia se organizaba en diferentes agrupaciones para defender sus derechos y potenciar su inclusión en la sociedad. En esa época, era normal creer que la transformación y el cambio de la realidad se obtendría merced a la participación social y se consideraba como forma más eficaz para lograrla el llamado asociacionismo.

Como ya se dijo más arriba, éste es el fruto de la organización y planificación de las prácticas maduradas previamente por un grupo, que se constituyen formalmente como una entidad (asociación), con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas de su comunidad.

En este sentido, si bien la acción de los españoles en la ciudad no era original, fue la primera que tuvo un peso social y por eso se convirtió en paradigma para ulteriores acciones similares. De esta manera, siguiendo el ejemplo de lo realizado por los españoles, en poco más de década y media, la ciudad vio alumbrar la mayoría de sus instituciones características y señeras: la Sociedad Italiana (1911), la Liga Comercial y de Defensa Local (antecedente directo de la actual UCIAPA, 1916) la Sociedad de Fomento (1920), el Club Rosario Puerto Belgrano (1920), la Asociación Bomberos Voluntarios (1925 ), el Club Sporting (1925), la Cooperativa Eléctrica (1926, pionera de Sudamérica), Asociación Juan Bautista Alberdi (Biblioteca Popular, 1933), entre las existentes. Y hubo otras muchas, como la Cooperativa de Consumos, la Sociedad Argentina y la Sociedad Pro-Educación Industrial, que hoy están desaparecidas.

En el área del asociacionismo étnico, en la segunda década del siglo XX, Punta Alta daba muestras de su cosmopolitismo al contar con varias sociedades de este tipo, la Società Italiana Unione e Progresso Sociedad Alemana Germania (1916), y la Società Italiana XX di Settembre Cooperativa e Mutuo Socorso, cada una de ellas con varios centenares de socios.

 

  1. El Teatro Español

3.1. Los orfeones

Una de las cosas que llama la atención dondequiera se organizaba una comunidad española, es la aparición de orfeones o centros recreativos que tenían por finalidad principal preservar parte de la identidad musical hispánica y brindar un espacio donde éstas se manifiesten en todo su esplendor.

“Los orfeones fueron asociaciones cuyos miembros se dedicaron al estudio y la práctica de la música vocal organizando coros que fueron muy significativos. En Cataluña por obra del maestro Clavé, y luego fueron extendiéndose por toda España, los españoles radicados en Buenos Aires y en otras ciudades importantes del país, sintieron la necesidad de crear este tipo de asociaciones que tenían una característica particular, ya que no fueron exclusivamente sociedades corales, sino que contaban con pequeñas orquestas que tenían flautas, bandurrias, violines y guitarras, y también pequeñas compañías teatrales en las cuales se representaban zarzuelas y sainetes”.

Los orfeones fueron producto de asociaciones civiles, de carácter popular, cuyos objetivos, delimitados por estatutos y financiados por los asociados, se centraban en torno al cultivo y disfrute de la música. Estamos en lo de siempre: los pobres no tienen ni dinero ni rango para asistir a los conciertos de música clásica. Si quieren disfrutar de música han de generarla ellos mismos, con lo que, a la larga, tal vez salgan ganando.

La música está para ser cantada y bailada, antes que para ser escuchada. Música para ser vivida, vida para ser musicalizada y la pobreza, a veces lleva a ello.

El orfeón como movimiento cultural nació en Francia hacia 1835, imbuido del afán de rescatar a los proletarios de la sombría vida que llevaban, en medio de la explotación de plena Revolución Industrial.

Su nombre alude a Orfeo, personaje mitológico griego hijo de Apolo (deidad de la música y las artes en general) y de la musa Calíope (protectora de la poesía épica), que heredó de sus padres divinos su afición por la música, el canto coral y la poesía. Como tal, era la alegoría del canto y de la recitación.

En Cataluña, la idea fue recogida por Josep Anselm Clavé como se dijo a mediados del siglo XIX, que pretendía transformar la vida de los trabajadores a través de la música y se extendió rápidamente por todo el territorio, en especial por el País Vasco.

La primera asociación de tipo orfeónico de la Argentina fue la “Estudiantina Salamanca” de 1854, a la cual siguieron otras muchas distribuidas a lo largo y ancho de la república. Perseguían éstas, un fin eminentemente recreativo y también un fuerte componente de preservación nostalgiosa de las expresiones musicales de la lejana tierra y su difusión a las nuevas generaciones de hijos de españoles nacidos en la Argentina y a la sociedad en general.

 

3.2. La actividad orfeónica en Punta Alta

Desde un principio, además de su finalidad mutual primordial, la Asociación Española local organizó las llamadas romerías, fiestas de carácter popular que eran tradicionales muestras de la música y danzas hispanas.

Las romerías tienen su origen en festividades religiosas en honor a la Virgen o algún santo (a quienes se honraban con música y bailes populares).

Buscando en el diccionario, se encuentra la siguiente definición: “Fiesta popular que con meriendas, bailes, etc., se celebra en el campo inmediato a alguna ermita o santuario el día de la festividad religiosa del lugar”. Realmente estas romerías en España y en América fueron una fiesta popular: la población engalanaba los edificios y las casas para realzar el clima de fiesta, colocando banderas, cintas o arreglos florales. La gente acudía en familia, pues había entretenimientos para todos: chicos, grandes, hombres y mujeres. Era una fiesta para todo el pueblo y acudían de todos los estratos sociales. Los asistentes iban vestidos con sus mejores ropas y las mujeres sacaban a relucir los mantones de Manila traídos de España; había cantos, bailes, gaitas, juegos.

Durante los días que duraban las romerías se repetía el mismo programa más o menos: cada mañana a la salida del sol, se anunciaban los festejos mediante salva de bombas y cohetes de estruendos.

Luego, durante la mañana un conjunto de música española recorría las calles del pueblo.

Después del almuerzo, se hacía la apertura de las Romerías y del Bazar, comenzando así la venta de rifas, cédulas y medallas. Amenizaba esta apertura la banda de música, disparando nuevamente bombas y cohetes.

A media tarde comenzaba el “Gran baile” en la carpa popular y en los “corros”, que eran espacios circulares para danzar cercados por la misma gente. Al mismo tiempo daba comienzo a los distintos juegos y diversiones: palo enjabonado, tiro al blanco, calesitas, carrera pedestre, carrera de embolsados, juego de la olla, marco de estacas.

A las 9 de la noche, nuevamente disparos de bombas, cohetes de colores y suelta de globos, continuando los bailes y diversiones hasta la 1 a.m.

En la última noche, se sorteaban las rifas.

En la asamblea llevada a cabo el 1o de junio de 1924, se hizo lugar a una moción presentada por los socios Emilio Heras y Antonio Gavi, “para que sea tratado en esta asamblea el asunto edificio y prado para romerías”.

Respecto al terreno del prado, se recordaba que “el señor Crespo ofreció una fracción a la C. Directiva a 0,58 centavos el metro cuadrado al otro lado de la vía, frente más o menos a la cancha de football”.

Empero no era factible esa compra por cuanto se pensaba edificar.

En la misma reunión, se resolvió nombrar socio honorario al Director del Ferrocarril Rosario-Puerto Belgrano, Francisco Sisqué y a su esposa, Marina B. de Sisqué, pues “ha sido en todo momento un benefactor de la sociedad en varios sentidos [...] pues nos facilita materiales para la construcción de carpas, nos evita gastos ingentes y quizá si no fuera [por] él no podrían celebrarse las Romerías”.

Evidentemente, hasta ese entonces, las romerías se celebraban en predios del Rosario-Puerto Belgrano, en los amplios terrenos que poseía la compañía entre el casco histórico de Punta Alta y Ciudad Atlántida.

En abril de 1925 se decidió la compra de la manzana No 3 (comprendida entre las calles Alberdi, Villanueva, Roca y 25 de Mayo), propiedad del general Richieri, en $27.000, para realizar las romerías en un predio conforme a las necesidades de la organización de las fiestas. A partir de esa fecha se instaló lo que se denominó Prado Español.

Posteriormente a mediados de 1926 se subdividió la manzana y se decidió la venta de 17 lotes, reservándose al Prado Español la mitad de la manzana que daba sobre Villanueva. Esta operación sirvió para darle respiro a las alicaídas arcas societarias.

Empero, la Asociación no fue la única organizadora de fiestas de la colectividad, ni fue la única tampoco en organizar bailes y fiestas populares. En Punta Alta se fundó el 27 de abril de 1918 el llamado Centro Recreativo Español, organizador de bailes y fiestas, muchas de ellas en solidaridad con alguna causa.

Su primera comisión directiva fue presidida por Francisco Carratalá y funcionaba en el amplio local alquilado en la primera cuadra de calle B. de Irigoyen, donde había funcionado el bar Edén.

En agosto de 1920 se creó el Orfeón Español, con la misma finalidad que el anterior. Se ignoran los motivos que llevaron a la creación de esta otra entidad, si fue un desprendimiento de la anterior o participaron en ellas personas de otra extracción social, política o regional.

Lo cierto es que en enero de 1923 se realizó una Asamblea para la fusión de ambos centros recreativos, pero por motivos desconocidos fracasó y los dos orfeones continuaron actuando de forma independiente.

Por razones desconocidas, en enero de 1924 se disolvió el Centro Recreativo Español.

Posiblemente haya sido esta intensa actividad artística y recreativa lo que haya impulsado a las autoridades de la Asociación Española a pensar en construir un teatro para mayor comodidad de artistas y de espectadores.

 

3.3. Se proyecta el teatro

La idea original de la construcción de una sala de espectáculos teatrales y musicales por parte de la colectividad española data de 1922.

Sin duda, alentados por las repercusiones que orfeones y romerías tenían dentro de la colectividad hispana y en el resto del vecindario, y con miras a poseer un lugar amplio y acorde con esas necesidades, es que surgió la idea de edificar un teatro en la ciudad, del que se carecía hasta ese entonces.

En aquellos días, Punta Alta debía conformarse con las funciones ofrecidas en los grandes bares de la ciudad, “En las primeras décadas del siglo XX, bares como La Marina, Londres, La Bolsa o Edén, sumaban a su rubro principal, un escenario donde se brindaban funciones teatrales, espectáculos orquestales, circenses, etc. Estos bares poseían amplios salones y estaban ubicados a lo largo de la calle Humberto I, conformando de ese modo una suerte de centro donde se concentraban la actividad artística de la ciudad.

El más importante de ellos fue, sin duda, La Marina, que con diferentes dueños, ocupó el solar de la calle Humberto I (donde está hoy ubicada la sede social del Club Rosario- P. Belgrano) y que, según la vieja numeración correspondía al número 660. Era un salón amplísimo, con capacidad para seiscientas personas. Las instalaciones se utilizaban como bar y cinematógrafo (era la costumbre de la época que el espectador viese las películas proyectadas sobre una pantalla colocada en un extremo de la sala, sentado a una mesa y tomando algo). [...]

El Bar Londres, sito en Humberto I 515 era frecuentado por la oficialidad de la Armada, lo que le brindaba un importante prestigio en el seno de la sociedad puntaltense. [...].

El Bar La Bolsa funcionaba en Humberto I 641, en la misma cuadra que La Marina. [...]

La mayoría de los artistas que actuaban en Punta Alta eran foráneos, provenientes de la Capital Federal u otras partes del país y que hacían extensas giras por el interior. Generalmente, eran contratados por teatros de Bahía Blanca donde actuaban primero y luego, aprovechando la cercanía de Punta Alta, se presentaban en los escenarios locales. [...] había presentaciones de un nivel superlativo, con artistas de gran predicamento popular. Tal la visita que en 1917 o 1918 realizara el dúo integrado por Carlos Gardel y José Razzano.”

El 14 de marzo de 1922, la asamblea trató un proyecto del socio Nicolás González: “...referente al a construcción de un edificio para la institución ó más bien de un salón-teatro. A este respecto se suscita un cambio de impresiones resolviendo en definitiva que pase a estudio de la Comisión directiva y una vez estudiada por ésta la someta a una Asamblea Extraordinaria convocada a ese fin”

En la Sesión Extraordinaria celebrada el 3 de junio, y bajo la presidencia de Juan García Puig, se trató el asunto del teatro y se resolvió emitir doscientas acciones de $50 cada una y 1000 de $20, como fuente genuina de financiación.

Llama la atención esta decisión, si se tiene en cuenta que, apenas quince años antes, la Asociación se afanaba por conseguir atención médica decente en un contexto donde, se ha visto, se carecía prácticamente de atención primaria de la salud. En esos años, se recuerda, había una precaria sala de primeros auxilios funcionando en la sede de la comisaría local y recién en 1929 se contó con una sala médica municipal.

La idea cobró muy rápido impulso. Entusiasmados, en la Asamblea Extraordinaria del 23 de julio, se decidió la emisión de bonos cooperativos: “Programa-contrato para la suscripción de bonos cooperativos. Objeto: La Asociación Española de socorros mutuos de Punta Alta, partido de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, resuelve por medio de la presente asamblea general extraordinaria de socios convocada al efecto,- asamblea a la que asisten y prestan su generoso concurso los connacionales no socios cuyos nombres se detallan al margen-llevar a cabo la construcción de un edificio teatro en terreno de su pertenencia, situado dentro del ejido de este pueblo, y a fin de allegar los fondos necesarios a tal objeto, resulten también solicitar de sus asociados, de todas aquellas personas que simpaticen con la idea y de las sociedades hermanas y similares, de un empréstito de carácter privado, que se hará en las condiciones siguientes: Primero: la Asociación Española de Socorros Mutuos de Punta Alta, solicita para el fin expresado, el préstamo sin interés alguno, de la suma de diecisiete mil pesos m/n legal, la que quedará expresamente garantida con el edificio a construirse. La misma suma está representada por 500 bonos cooperativos de cincuenta pesos nacionales c/u que se denominarán “bonos serie A” y un mil bonos cooperativos de veinte pesos m/n c/u que se denominan “bonos Serie B” 65.

Luego de un silencio de cerca de un año en las actas, al fin en la asamblea desarrollada el 1o de junio de 1924 se vuelve a mencionar el asunto del teatro.

Dijo Gavi que no se supo más del resultado que tuvo la colocación de los bonos. Los miembros presentes de la comisión encargada de la venta de estas acciones expresaron sus magros resultados. Entre las propuestas que se escucharon, figuraban la del presidente, Antonio Núñez; de retirar el dinero que haya en el banco, construir con él lo que se pueda y luego conseguir un préstamo hipotecando el futuro edificio; asimismo Conde propuso “que no debe solicitarse dinero a gente extraña a la colectividad, que debe construirlo con dinero de los españoles”. Finalmente, que se convino formar una comisión para estudiar el caso, pero no hubo avances sustanciales hasta el año 1928.

En la reunión del 15 de julio de 1928, bajo la presidencia de Carlos A. Balbín, se sentaron las bases para encarar la obra del teatro y sede social a paso firme y decidido, sin dilaciones. Esta asamblea de carácter extraordinario fue convocada por el mismo Balbín, a fin de resolver ese asunto pendiente por tantos años.

Balbín era puntaltense e hijo de un comerciante español del mismo nombre y radicado en la ciudad, llegado en 1907.

Calculado el valor de la obra en unos 60.000 pesos y como las finanzas de la Asociación no permitían cubrir el total de esa suma (se contaba con apenas 8700 pesos en efectivo en el Banco Nación), Balbín propuso la suscripción de bonos cooperativos por valor de $50 cada uno, pagaderos por mensualidades y sin intereses.

Asimismo se propuso conformar sendas comisiones, una asesora y otra técnica, para dar seguimiento al proyecto.

Al día siguiente se realizó otra reunión de carácter extraordinario, a fin de nombrar a los miembros de las comisiones. Pero a propuesta del socio Manuel Vigil, quien dijo que ambas comisiones poco tendrían que hacer por el momento, se decidió designar los miembros de una comisión de propaganda, a fin de hacer conocer a la comunidad puntaltense el proyecto y solicitarle su concurso.

Posteriormente se encargó a esta comisión la colocación de los bonos cooperativos entre los socios y entre aquellos que no lo sean pero deseen colaborar. Inclusive se nombraron parejas para recorrer las calles de la ciudad y se asignaron los sectores en que dichas parejas debían actuar.

En esos días, Carlos Balbín dio un reportaje al bisemanario socialista local El Yunque, donde expresaba: “Si logramos hacer el escenario, se podrán dar funciones de teatro, luego se puede alquilar a instituciones que lo soliciten, y también se darán películas. En esto hacemos lo mismo que instituciones análogas, y que ahí radica parte del éxito de nuestra empresa, porque siempre se van a sacar unos cuantos pesos”

En efecto, las “instituciones análogas” a la que hacía referencia Balbín eran otras asociaciones étnicas que a lo largo y ancho del país cubrieron el territorio con salas teatrales. Es más: en aquellos días también la colectividad italiana de Punta Alta estaba abocada a la construcción de su teatro en su sede de calle Rivadavia: en marzo de 1928 decidieron emitir una serie de acciones y el 8 de septiembre del año siguiente comenzaba la construcción del coliseo.

Armando Gattamorta se hizo presente ante la Comisión Directiva con un plano del anteproyecto de un edificio para sede social y teatro, invitado a hacerlo por Manuel Vigil.

El presupuesto tentativo de lo proyectado ascendía la suma de 45.000 sin revocar y con algunas dependencias indispensables y a 130.000 una vez terminado.

Sin embargo la Comisión Técnica, en voz del constructor Manuel Muradás, expresó que había que contar con otros planos y proyectos antes de decidirse por la propuesta de Gattamorta. Por otra parte, era necesario discutir si ese edificio iba a levantarse en el terreno que la Asociación poseía sobre calle Roca entre Urquiza y Rosales o en otro lugar que se adquiriría previa venta del primero.

Ante esta propuesta se armó una comisión compuesta por el propio Muradás, Serafín Fernández Moro y Carlos Balbín para estudiar el mejor punto para levantar la sala teatral.

Dos semanas después, en sesión conjunta de la Comisión Técnica y la Comisión Directiva, se puso sobre el tapete las propuestas de varios terrenos que estaban en venta.

Se leyó la carta de Nicolás Marcalaín quien ponía en venta un lote en Bernardo de Irigoyen, donde estaba el comercio de Rafael Salvá,73 en $28.000. También se oyeron varias propuestas más, todas de propiedades ubicadas en el radio céntrico de la ciudad.

El tema de la construcción y del sitio escogido se ve que produjo ciertas rispideces en el seno de la Comisión Directiva y de algunos socios. Estas desavenencias sin duda tenían lugar a causa de que algunos asociados eran comerciantes y temían ver mermadas sus ventas con el funcionamiento del teatro, habida cuenta que las funciones sacarían de las calles a cientos y cientos de potenciales clientes. La sorda disputa dio motivo a que Diez Terrero se expresara de la siguiente forma: “...que sabe que hay tirantez entre los socios y que para ellos de la C. Técnica y para la C.D. es este un momento difícil y delicado y él estriba en la elección del terreno.

Que un teatro construido en el terreno que hoy posee la sociedad, no produciría beneficio ni a ésta ni a los vecinos comerciantes por cuanto, cuando el teatro se abre, los negocios se cierran; que las palabras que ha oído de que hay caprichos, “que hemos de triunfar” por esta ó la otra causa, no cree que sean ciertas, pues piensa que todos deben inspirarse en el bien de la Sociedad, ante que en los particulares. Pide por lo mismo a la C. Directiva que se inspire en ese bien, que deje de lado todo otro interés particular de cada uno y se marche con armonía y se trabaje por la Sociedad”

Finalmente en esa reunión, se decidió adquirir finalmente, el terreno donde se hallaba Salvá, el amplio predio de 25 metros de frente por 68 de fondo, ubicado sobre la calle Irigoyen entre Humberto I y Roca y donde hoy se erige el Teatro y sede social de la Asociación Española de Punta Alta. Se comisionó a Aureliano Torres, a Manuel Vigil y al presidente Carlos Balbín para cerrar el trato con Marcalain en nombre de la Asociación.

Urgía finiquitar cuanto antes la compra pues era deseo de la Comisión directiva colocar la piedra fundamental el 12 de octubre de ese año.

 

3.4. El edificio del teatro

Sin embargo, el acto de colocación de la piedra fundamental se vio demorado unos días, llevándose a cabo el 10 de noviembre de 1929.

La crónica periodística brinda los detalles del festejo.

Padrinos del acontecimiento fueron: El vicealmirante Ramón González Fernández y su esposa, María Elvira García Paz; el ingeniero François Sisqué y su esposa, Marina Ballesteros (que estuvieron representados por el jefe de la Estación Solier Vicente Sansoni y su esposa); el intendente de Bahía Blanca, Dr. Florentino Ayestarán y su esposa, Felisa Dravasa; y Carlos Balbín, presidente de la Asociación Española y su hermana Dominga.

A las 10.30 de ese día, fue colocada la piedra fundamental. Fue bendecida por el cura párroco, encerrándose en ella unos ejemplares de periódicos locales y un pergamino firmado por los padrinos y por el cónsul de España en Bahía Blanca, José Trebino Sánchez y que fue “notablemente ejecutado por el señor Armando Gattamorta”, según el artículo del periódico La Nueva Comuna. Estuvo presente la banda de música de la Base Naval, que ejecutó el himno Nacional Argentino y la Marcha Real. Usó de la palabra Juan José Gómez, en nombre de la Asociación, quien destacó que la obra del Teatro es, en cierto modo, un homenaje a los pioneros de la institución, un modo de honrar su memoria: “Desde aquella fecha [se refiere a la de la fundación de esta entidad], cuyos 19 años se han cumplido el 30 del pasado Octubre, han desaparecido muchos de los que fueron sus socios fundadores y primeros colaboradores en la obra emprendida. Solo quedan inscriptos en los registros de la Asociación, 17 de aquellos que bosquejaron los primeros trazos que habían de marcar la ruta de la institución, marcando la senda por la cual se había que encaminar hacia el triunfo, venciendo obstáculos y dificultades.

Gloria debe ser para ellos, señores, contemplar este acto preliminar a la gran obra que ha de realizarse con el concurso de todos, y gloria y orgullo sentimos al contemplar en fecha no muy lejana, la bandera de la patria de origen flameando en lo más alto del Teatro Español al lado de la bandera de la patria de adopción, la bandera argentina”

Luego de estas sentidas palabras, los invitados y público pasaron al local del Orfeón Español, donde se ofreció un lunch. Allí dirigieron algunas palabras a los presentes José Diez Terreros, el cónsul español el intendente municipal y el vicealmirante González Fernández.

En su alocución, el representante del gobierno de España anunció la pronta creación de una agencia consular en la ciudad de Punta Alta, noticia recibida con alborozo por la concurrencia.

Según una nota aparecida posteriormente en el periódico local El Regional, “la Sociedad Española de S. Mutuos activa la realización del proyecto denominado Fundación del Teatro en el céntrico terreno adquirido para tal fin”. Y el artículo ofrece una detallada descripción de la futura obra: “Se trata de una importante obra con salón de forma de herradura, como se estila, con palcos laterales bajos de cómodo y agradable efecto y con locales en la planta baja para negocios y exposiciones.

La planta alta sobre el frente estará destinada a sala de fiestas, reuniones sociales, etc.

El frente, según los planos que ya pudimos ver, será de estilo Renacimiento español y ocupará el ancho del edificio (22 a 24 metros lineales).

Con tal motivo contará nuestra población con un teatro moderno y confortable que vendrá a poner una nota más de progreso y de cultura a nuestro medio y a valorar la edificación importante de la localidad” 76.

A fines de 1930 se llevó a cabo una Asamblea, con el objeto de solicitar autorización de los socios para vender en subasta pública los cuatro lotes de la sociedad ubicado en la calle Roca entre Urquiza y Rosales. También se autorizó la venta de los materiales de la propiedad de la calle Irigoyen, en la que se construiría el teatro social77, acciones con la que se logró buena parte del financiamiento necesario para efectuar la edificación.

Finalmente los martilleros José P. Varela y Estanislao Boffi, remataron “sin base y al mejor postor todos los materiales existentes en el terreno destinado a la construcción del edificio social y teatro de la Sociedad Española, en la calle Bernardo de Irigoyen 137”

A partir de ese entonces, los tiempos se aceleraron y las noticias que existen en la documentación se suceden unas a otras con gran velocidad, de modo que se nos ofrece un panorama de acción decidida en pos de un logro mayúsculo.

Es menester recordar que eran esos días aciagos para el mundo en general y para la Argentina en particular: desde octubre de 1929, cuando cayó estrepitosamente la bolsa de Nueva York, una crisis económica sin precedentes se abatió sobre el aparato productivo del planeta.

En la Argentina, bajaron los precios de los productos agropecuarios (la principal fuente de divisas del país) y las principales economías del mundo abandonaron el librecambio y se encerraron en sí mismas, obstruyendo el flujo comercial y de capitales hacia las economías emergentes como la Argentina, que abandonó bruscamente su ciclo de prosperidad. Estas convulsiones económicas afectaron asimismo el mapa político, ya que se sucedieron regímenes autoritarios en algunos países (la ascensión de Adolf Hitler en Alemania es paradigmática en ese sentido); el 6 de septiembre de 1930, el general José Uriburu depuso al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen e inició un triste período de medio siglo de inestabilidad política en la Argentina.

Ante este panorama, cobra mayor valor la acción decidida de los españoles puntaltenses que en esa convulsionada época se abocaron a la construcción de un proyecto de tamaña magnitud.

En agosto de 1931 se abrieron propuestas pro-construcción del Teatro Español, habiendo pasado a estudio de la Comisión Técnica para evaluación las cinco propuestas presentadas.

Finalmente la obra fue adjudicada a: F. Marseillán y Cía, quien realizó el proyecto y dirección; a cargo del Departamento de arquitectura estaban el Ing. Civil Guillermo L. Martín y el Ing. Civil Segundo Fernández. La construcción estuvo a cargo de Manuel Muradás.

Fue tal el ritmo adquirido por la obra que, meses después, “El domingo 8 de enero, al mediodía se efectuará en el teatro que construye la Asociación Española de Socorros Mutuos en la calle Irigoyen un almuerzo popular a la criolla, celebrando la inminente terminación de la obra”.

No obstante la euforia, aún se tardarían dos años para la puesta en funcionamiento del Teatro.

Cuando la sala se hallaba prácticamente lista, se decidió firmar el contrato con “...la empresa Turi y Amadeo, propietarios del cine La Marina y dos caracterizados vecinos de la colectividad española, para la explotación del Teatro que dicha entidad está construyendo en la calle Bernardo de Irigoyen y que, como se sabe, será uno de los más modernos y de mayor capacidad de la provincia”.

Días después, el mismo periódico anticipaba la pronta apertura del coliseo, del cual el cronista volvía a enorgullecerse: “Con toda celeridad se vienen llevando a cabo los trabajos finales para la inauguración del gran teatro construido por la Asociación Española de Socorros Mutuos en la calle Bernardo Irigoyen, cuya inauguración se llevará a cabo, salvo impedimentos de fuerza mayor el jueves próximo.

Con este propósito una legión de obreros da los últimos toques a las obras de albañilería y pintura y por otro lado, ingenieros y armadores llegados de la Capital Federal proceden a la instalación del poderoso equipo sonoro de proyección doble, instalaciones eléctricas colocación de butacas, cortinados, etc., a fin de que los deseos de la empresa concesionaria y la ansiedad de nuestro público, no se vea defraudada.

Ajustado a los cánones de estilo moderno, el Teatro Español será una de las mejores salas de espectáculos de la provincia, contando con capacidad para 1.200 espectadores. La profusa iluminación a luz difusa, las butacas muelles y suaves, los más modernos aparatos de proyección, en fin, ha sido cuidado al detalle para hacer de la sala un elegante alarde de buen gusto.

Con motivo de la inauguración será presentada la película del sello de la Metro Goldwyn Meyer, titulada “El Amor no Muere”, cuyo estreno ha de marcar un brillante acontecimiento en la temporada.

“El Amor no Muere”, es una obra llena de dulzura y exquisitez. Su trama constituye una página conmovedora de vida impregnada de amor y dolor. Norma Shearer es la heroína de este romance. Frederic March es su compañero. Ambos forman una pareja simpática, tanto por su capacidad artística como por la humana fuerza que anima a los personajes que encarnan”.

Inmediatamente los miembros de la Comisión directiva se dieron a la tarea de buscar un nombre para la sala y, finalmente, se decidió nombrarla “Teatro Español”

Sin embargo, el Teatro Español no se inauguró en la fecha prevista, pese a estar casi lista la sala, según un cronista: “Breves días antes de la inauguración oficial de esta sala, tuve oportunidad de visitarla y recorrer todo su interior, hasta los detalles más mínimos, por lo que pude comprobar que esta nada envidia a una similar de la metrópolis; salvo el pequeño detalle de la omisión de los palcos nada puede objetarse. El Señor Turi nos adelantó que para las fiestas mayas tendremos entre nosotros al cantor Carlos Gardel”.

La sala abrió sus puertas el 29 de abril de 1933, con el debut de la famosa compañía Díaz Perdiguero, poniendo en escena la hilarante comedia “Los cuatro caminos”.

El teatro era un magnífico edificio que reunía todas las características fundamentales para ser considerada una moderna sala de espectáculos. Una ecléctica obra de gran escala, con una funcionalidad muy simple.

El foyer, muy cómodo y de gran amplitud estaba dotado con boleterías, baños y taquillas para los espectadores.

La sala tenía una dimensión de 29 metros de longitud, 16 metros de ancho y 13.5 de alto. La platea baja posee una capacidad para 610 personas y la bandeja superior, soportada por una viga reticulada de 16 metros de luz, estructura realizada totalmente en Punta Alta, podía albergar 390 personas más. El acceso a ésta se realizaba por dos amplias escalinatas realizadas en marmolina.

La sala poseía cuatro salidas laterales a dos pasajes abiertos como medidas de seguridad para evacuarla, medida de seguridad que en la época resultaba muy avanzada y ponía a la sala teatral española a la altura de los más importantes coliseos argentinos.

El escenario contaba con las siguientes dimensiones: una boca de 9.3 metros de ancho por 7.5 de alto, 14 metros de ancho por 14.75 de profundidad y 14.75 desde el piso al enrejado técnico. Esta estructura permitía realizar los cambios necesarios de decorado, iluminación, escenografía, etc. Además contaba con un sistema de tuberías de agua del servicio de incendios preparada para descargar 24000 litros de agua en pocos minutos y poder combatir cualquier siniestro en sus fases iniciales.

La calefacción central era provista por un sistema regulable de circulación de agua caliente y la iluminación, moderna para la época, esta constituida por un armazón de hierro y vidrio.

Pertenecía al tipo de sala de doble platea con capacidad para mil personas. Se realizó en dos etapas, primero la sala con platea alta, escenarios y camarines.

Posteriormente, el domingo 7 de mayo, la Asociación realizó, en el bar “Derby”, un lunch celebrando la terminación de las obras del Teatro Español. Fue todo un acontecimiento social para Punta Alta, como se puede apreciar en la lista de asistentes. Efectivamente, entre los invitados al ágape se encontraban autoridades de la Base Naval, el Cónsul de España en Bahía Blanca, el Intendente Municipal, periodistas, y demás asistentes.

El Teatro Español se encontró funcionando plenamente a partir de su inauguración.

Tal es así que, como lo había prometido Turi, el 22 de mayo de 1933 actuó Carlos Gardel. Su segunda visita consignada a Punta Alta y la primera (y única) como cantante solista y estrella indiscutida del cancionero popular, generó expectativas que fueron grandemente colmadas. El éxito de su presentación lo consignan las crónicas periodísticas88 y las 853 personas que, según consta en el bordereaux del teatro, oyeron al cantor.

Empero, la obra del edificio no terminó allí. Si bien las instalaciones básicas estaban realizadas, restaba ejecutar el frente, que le daría identidad al conjunto y lo proyectaría como pieza invaluable arquitectónica puntaltense.

 

  1. La Sociedad Española y la Guerra Civil

4.1. La República Española

Puede decirse, sin ánimo de equivocarse, que la infausta Guerra Civil Española fue el colisión sumamente violenta entre dos Españas que hacía rato estaban en curso de colisión: por un lado la de los republicanos, de raigambre democrática, anticlerical e izquierdista que apoyaban la Republica Española proclamada en 1931 y la de los nacionalistas que fueron apoyados por los monárquicos, los militares y católicos, que estaban a favor de la restauración de la corona y la imposición de un régimen de fuerza.

Ya desde el siglo XIX la lucha entre estas dos grandes facciones se alternaron en diversas luchas, las más notorias de las cuales fueron las Guerras Carlistas entre absolutistas monárquicos y liberales que van a convulsionar al país con intervalos, desde 1833 a 1876.

La Segunda República Española se proclamó en 1931 cuando al ganar los partidos republicanos las elecciones comunales, el rey Alfonso XIII se vio forzado a abdicar, muy desprestigiado por el apoyo tácito dado al dictador Miguel Primo de Rivera, que gobernó España con mano dura desde 1923 a 1930

No es el lugar de realizar aquí una historia del régimen de la Segunda República ni de la Guerra Civil. Solamente se dirá que las causas profundas de la cruenta lucha fraticida hay que inquirirlas en la muy marcada polarización de política española, profundizada en los años previos.

En los años previos al estallido de la contienda, cualquier observador atento podía observar nubarrones de tormenta recortados contra el cielo de fondo de las dos Españas cada vez más encontradas.

Más allá de las contradicciones mismas del régimen republicano (cuyo arco ideológico abarcaba desde partidos y grupos liberales, socialistas y un pequeño movimiento Comunista dividido entre stalinistas y troskistas), la acción de grupos reaccionarios precipitó el inicio de la contienda.

La alta burguesía industrial y terrateniente, los militares y la jerarquía católica se negaban a perder los privilegios conseguidos bajo la monarquía y especialmente bajo el reinado de Alfonso XIII en favor de las clases proletarias y subalternas. Esta merma de prerrogativas fue consecuencia directa de las profundas reformas sociales emprendida por los gobiernos republicanos de centro e izquierda. Entonces, la derecha buscó en la acción armada devolver el poder real y los privilegios a las clases que los estaban perdiendo, y se afanó por eliminar a todos los elementos que pudieran pensar de otra manera: esto dio origen a la represión indiscriminada contra los obreros, campesinos e intelectuales que tenía lugar desde el mismo momento en que las tropas rebeldes entraban en cualquier pueblo o ciudad. En este sentido, el fusilamiento de Federico García Lorca es emblemático.

La Guerra Civil comenzó en julio de 1936 cuando el general Francisco Franco se sublevó contra el gobierno legítimo en nombre de la monarquía y culminó con la toma de Madrid y la instauración del régimen franquista en abril de 1939, régimen que terminaría en 1975 con la muerte de Franco y la instauración de la democracia.

Fue un campo de batalla donde se alinearon diversos apoyos políticos. Abiertamente, gobiernos como la URSS apoyaban a la República, mientras que la Alemania nazi y la Italia de Mussolini lo hacían por los nacionalistas. Incluso, allí las naciones probaron en combate parte del armamento que usarían para la siguiente carnicería global: la Segunda Guerra Mundial. El bombardeo de la ciudad vasca de Guernica el 26 de abril de 1937 por parte de la aviación nazi, es un símbolo de esta lucha encarnizada.

Las consecuencias para España fueron desastrosas. Además de las pérdidas en vidas (las cifras varían entre el medio millón y el millón de muertos) y materiales, gran parte de su intelectualidad murió en la contienda o se desterró luego del triunfo franquista, principalmente a Francia o a América Latina.

Lingüistas como Américo Castro y Amado Alonso; filósofos como José Ortega y Gasset y José Ferrater Mora; el historiador Claudio Sánchez Albornoz; poetas como León Felipe, Antonio Machado, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Francisco Ayala, y Juan Ramón Jiménez; pintores como Pablo Picasso; músicos como Manuel de Falla y Pau Casals, entre tantos, sufrieron el exilio.

 

4.2. Repercusiones de la Guerra Civil en la Argentina

Lógicamente, la gran colonia española en la Argentina se vio conmocionada por los sucesos que acaecían en la Madre Patria.

Todo el país se dividió y tomó partido por uno u otro bando. Los partidos políticos, la prensa y los diversos grupos sociales se pronunciaron más o menos abiertamente y las polémicas estallaban en todos los ámbitos, públicos y privados.

Se enviaron colectas de todo tipo, en dinero y/o especies, ya hacia la República, ya hacia los insurrectos. Además, se reclutaron voluntarios tanto argentinos nativos como de extranjeros de diferentes nacionalidades que se ofrecían para combatir en España. Aquellos que simpatizaban con los partidos de izquierda o proletarios, junto con liberales, formaron contingentes para apoyar a la República. Los que poseían simpatías por los regímenes totalitarios de derecha (fascismo o nazismo), o temían una “España Roja”, se alistaban entre las tropas nacionalistas o franquistas.

Como no podía ser de otra manera, la colectividad española se escindió y las antiguas asociaciones se vieron muchas veces divididas; surgieron a lo largo de Argentina centros españoles con clara filiación republicana o franquista, que organizaban fiestas, orfeones o kermeses para la recolección de fondos a fin de defender su causa.

 

4.3. La Guerra Civil y los españoles puntaltenses

Ante el estallido de la contienda, seguramente tuvo que haber hondas repercusiones en la colectividad española puntaltense, pero los escasos documentos existentes casi no las mencionan, y cuando lo hacen, es de manera tangencial.

Solamente, a nivel institucional, se estudiará por tanto, la posición de la Asociación Española de Socorros Mutuos de Punta Alta, en tanto órgano oficial de nucleamiento de la colectividad local.

El cambio de régimen político en la España de 1931, de la monarquía a la república, no parece haber tenido mayor repercusión en el seno de la comisión directiva. Un hecho que no deja de llamar la atención es que no hay constancia alguna en actas que la Asociación haya requerido a las autoridades republicanas la nueva bandera del régimen (con tres franjas horizontales roja, amarilla y morada), que sustituía a la tradicional, tal como hizo, por ejemplo, la Asociación Española de Socorros Mutuos de Neuquén.

Aunque es probable que, en el caso de Punta Alta, en algún momento el consulado haya enviado alguna, como es norma en estos casos.

Una vez que estalló la Guerra Civil, tampoco la Asociación Española tomó una clara posición al respecto, manteniéndose en una postura de neutralidad que impulsaba su Comisión Directiva, amparada en los estatutos sociales que marcaban la prescindencia de toda actividad política.

De este modo, unos meses después de producirse la sublevación franquista y el consiguiente inicio de las hostilidades, se negó a un pedido de ayuda de los republicanos: “El Centro Republicano Español de Buenos Aires, envía una circular a la que acompaña listas de suscripción y estampillas Pro-junta Nacional de Socorros de Madrid, solicitando la cooperación de esta Comisión Directiva para la recolección de fondos, ropas y otros artículos destinados a ser enviados a las fuerzas del Gobierno Legítimo de España.

Después de un cambio de ideas al respecto, se resuelve contestar por nota devolviendo las listas y estampillas recibidas y manifestando que, esta Comisión Directiva no puede prestar la cooperación que se le solicita por considerar un acto político la propaganda o el envío de recursos a uno de los dos bandos que luchan en España y por estarle prohibido por el Reglamento social actuar en actos de esa naturaleza”.

Lo escueto del acta impide conocer el tenor de ese “intercambio de ideas”, si fue o no breve, si fue o no apasionado y cuáles argumentos sustentaba cada opinión. Empero, la resolución de la comisión directiva no parece haber generado mayores polémicas y si hubo entredichos seguramente surgieron por fuera de la institución.

En la misma reunión se decidió el envío de fondos de una colecta ($420) a la Cruz Roja Española.

Para ello se debía girar el dinero a la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires para que se la remita al Presidente de la Comisión Cooperadora de la Cruz Roja Española “a fin que llegue a los dos bandos en lucha”.

Nuevamente, en la decisión salomónica, se daba muestra de equidistancia y de neutralidad ante el conflicto.

A principios de 1937 se halla otra referencia concreta la Guerra Civil, y la misma respuesta por parte de la Asociación Española: “El Centro Republicano Español de Bahía Blanca, envía una nota en la que se solicita la presencia del señor Presidente o la de un representante de la Asociación en la reunión a celebrarse el sábado 20 del corriente, en el Consulado de España en aquella ciudad a fin de coordinar los trabajos necesarios para la suscripción de “Bonos de Racionamiento” a favor de los que combaten al lado del Gobierno constitucional de la República Española.

Después de un cambio de ideas y de acuerdo con el precedente sentado, se resuelve contestar manifestando que esta Comisión Directiva no puede tomar parte oficialmente en actos que signifiquen adhesión a alguno de los bandos que luchan en España”

Esta respuesta llama más la atención que la anterior, ya que aunque procedía de un centro republicano, la convocatoria se haría en el Consulado de España, lo que daba a la reunión un carácter oficial; sobre todo si se tiene en cuenta que, a la fecha, el único gobierno legítimo y reconocido de España era el de la república.

Esta tajante respuesta fue tomada como definitiva y ya no aparecieron en las actas ninguna referencia a pedidos de apoyo a uno u otro bando en pugna.

Evidentemente, la posición de la Asociación Española de Punta Alta, no era la de la totalidad de los inmigrantes españoles. La lógica indica que éstos estarían divididos entre los sostenedores del gobierno legítimo y los que apoyaban a los nacionalistas. La escasa documentación también presenta indicios que las cosas sucedieron de esta forma.

Frente a la plaza, en la calle Murature, había un comité de apoyo al general Miaja96, llamado Centro Democrático Español. Conformado el 4 de mayo de 1937 estuvo presidido por Miguel Cladera, además de formar parte de él R. del Molino, Gezarío, Hernández, P.Carratalá y Ayuso. Era de neto corte republicano y poseía una rama femenina “Iniciada la contienda, en Punta Alta, como en tantas otras ciudades del país, se iniciaron grupos de ayuda hacia España en guerra. Las primeras actividades nacieron desde la Sociedad de Damas de la Sociedad Española, en el mes de Julio de 1936; su fin fue recolectar fondos destinados a la Cruz Roja. Esta idea se expandió por toda la Argentina.

Inmediatamente se estableció una Comisión más amplia presidida por el “activo y entusiasta” señor Álvarez Ortegui. Los aportes recaudados se hicieron a través de distintos medios, incluso mediante el aporte directo de dinero. Las crónicas de la época nos citan algunos apellidos, Antonio Monjes, Juan Villoría, Casa Bargueño; Florentino Rubio, Ángel Casas, Vigil Hnos, Marcelino Curto, Reynaldo Bidini, F.Roa, Ramón Pla, Francisco Montes, entre otros”

Como puede observarse en el listado anterior, muchos socios de la Asociación española puntaltense figuraban como colaboradores de la causa republicana, aunque se supone que a título personal, y no en nombre de la entidad, que permanecía con su política de neutralidad.

En noviembre, se creó la Comisión Auxiliar Femenina de Socorro a España. Funcionó por espacio de tres años y estaba avalada por el Consulado, por lo que se deduce que era filo-republicana.

Según se comunicaba a la población, “Solicitamos a todas las personas altruistas y de humanitarios sentimientos, cooperen o envíen algún donativo, ya sea víveres, abrigos, medicamentos, piezas de género para la confección de ropa (...) Dentro de poco días las comisiones femeninas de la Junta Local, visitarán los domicilios de la ciudad dejando en cada hogar una lista domiciliaria que las mismas comisiones irán a retirarlo al día siguiente.

También en el local empezará a funcionar un taller de costura (...) Los donativos pueden hacerse en Rivadavia 312. Ellos están nombrados y autorizados por el Consulado de España en Bahía Blanca, 19 de Mayo N° 44”.

Fue su presidenta Estela de Eyroa, y llegó a sumar a sus filas treinta costureras y modistas, para el arreglo de ropa y la colecta de dinero. Ese año se obtuvieron 2.000 kg de ropa, 400 juguetes y 2000 pesos.

Asimismo actuaron en la ciudad muchas asociaciones que tenían su asiento en la vecina Bahía Blanca y que aquí organizaban festivales, rifas o vendían bonos de suscripción. La mayor parte de estas agrupaciones eran republicanas.

 

4.4. La figura de Zabalza Elorga

Quizá el inmigrante español en Punta Alta más destacado y de mayor renombre internacional haya sido el navarro Ricardo Zabalza Elorga, cuya vida mereció varios estudios académicos tanto en España como en América Latina.

Llegó a la Argentina en 1913, cuando contaba con 15 años de edad y se estableció en Bahía Blanca en 1919. Empezó a militar en el combativo Sindicato de Empleados de Comercio donde actuó como fogoso orador y redactor de su órgano, Evolución.

“En sus páginas puede seguirse la materialización de las características generales del proceso social en el concreto mundo sociolaboral bahiense. Las luchas gremiales con los propietarios de los grandes centros comerciales, el enfrentamiento interno debido a la ausencia de tradición de lucha de los empleados de comercio, la costosa conquista del derecho al descanso dominical y la más difícil todavía aplicación de la ley por la rotunda negativa de algunos importantes comerciantes, las traiciones fomentadas por estos últimos entre los mismos trabajadores, así como la denostada actitud de los crumiros, esquiroles, cuando se producían conflictos laborales, fueron algunos de los temas informativos que pasaron por las manos de una minoría de esforzados sindicalistas, entre ellos Ricardo Zabalza, para ser publicados en la prensa gremial y dados así a conocer a la ciudadanía bahiense” .

Tras uno de los conflictos más agudos Zabalza fue despedido de la tienda en la que trabajaba en Bahía Blanca. De allí pasó a emplearse durante unos meses en los grandes silos de embarque de grano en el puerto Ingeniero White. Allí trabó amistad con un coterráneo, Higinio Gallego quien, en 1921, lo convenció para establecerse en Punta Alta, donde había fundado una escuela privada. Ha dicho el biógrafo de Zabalza y profesor de la Universidad de Navarra, Emilio Majuelo: “Zabalza se tuvo siempre por maestro y, a lo largo de su vida, el ser así considerado fue para él un timbre de orgullo. De muy joven había estudiado los niveles educativos requeridos para llegar a ejercer el magisterio. Su padre que fue médico rural en pequeñas villas en Navarra tuvo que ir arrastrando, por decirlo así, a su familia conforme cambiaba de destino. Por ello los estudios que fue realizando Zabalza no fueron presenciales en un determinado centro sino que los fue abordando por libre, con ayuda de su progenitor y estudiando en solitario por su cuenta. La tradición familiar ha recogido, aunque no esté definitivamente asentado, que superó las diversas pruebas a las que anualmente debía presentarse con enorme brillantez. En cualquier caso de lo que no cabe ninguna duda es que Ricardo no había finalizado los estudios de magisterio cuando en el invierno europeo de 1913 se embarcó rumbo a Argentina. Pues fue precisamente a su vuelta cuando los llegó a culminar de manera definitiva”

Primero como profesor y, luego del regreso de Gallego a la península, también como director, las aulas del colegio “Sarmiento” lo vieron en su labor docente. La escuela quedaba en el viejo edificio de calle Luiggi, donde funciona un local de diversión nocturna.

“La idea de que fue un docente innovador fue generalizada entre los entrevistados, y se recordaban los dulces momentos de las salidas a determinados lugares de los alrededores de la localidad para aprender in situ cuestiones relacionadas con la naturaleza, la vegetación, la fauna y la economía agraria de la zona. El afán renovador en la pedagogía a utilizar con los niños era para Zabalza algo consustancial a su manera de proceder pues la difusión de la cultura debía empezarse desde los primeros niveles de aprendizaje y continuar durante la época adulta en otras instituciones o bien públicas o de iniciativa colectiva. El saber fue para él una de las herramientas que los oprimidos podían poner a su servicio para acabar con el sistema de dominación social, convencimiento por otra parte profusamente difundido entre sectores de militantes obreros.

Para Marcos Nieto fue un culto conversador, «siempre llevaba un libro debajo el brazo», de larga y fundamentada argumentación, carente del deseo de dominar al interlocutor mediante malas artes retóricas o de su descalificación mediante epítetos vulgares. Su trayectoria pública cuando se convirtió en una figura política en la España republicana de los años treinta, responde de manera idéntica al retrato que hemos elaborado de su estancia en Argentina”.

Según su biógrafo Emilio Majuelo, Zabalza no abandonó jamás su actividad política, que desempeñó en forma paralela a la de su tarea docente. Permaneció ligado a la Federación Obrera bahiense que coincidentemente con su llegada fue organizada en Punta Alta. Tomó parte en numerosos actos públicos como orador invitado, y siguió escribiendo sobre la situación sociolaboral de las clases trabajadoras puntaltenses.

“En definitiva iban gestando una cierta cultura obrera en la que participaban diversos sectores de trabajadores de la localidad. En 1928 el propio Zabalza escribió una breve obra teatral titulada «Soñadores» que encaja a la perfección en este esquema de producción cultural, participación popular y concienciación colectiva, tan importante sin embargo para entender las respuestas obreras a la situación vivida. Su amigo y antiguo compañero en el gremio de los Empleados de Comercio, Antonio Marcellino, escritor a su vez de otras obritas literarias de similar carácter, recordó a Zabalza bastantes años después, hacia 1936, como una de las piezas incansables del panorama sociocultural y político bahiense”.

En 1928 Zabalza organizó el Centro Libertad de carácter antifascista y publicó una revista, Impulso, ubicada entre la alta cultura política y la creación literaria. En dicho órgano, “...mantuvo Ricardo los viejos temas que le habían preocupado durante todos esos años: el laicismo y anticlericalismo, la memoria de los considerados mártires de la causa obrera como el pedagogo Ferrer i Guardia fusilado en Barcelona acusado de ser responsable de los sucesos durante la denominada Semana Trágica en 1909, la defensa de los ya mencionados Sacco y Vanzetti o el recuerdo de la Comuna de París, el antibelicismo y la lucha antifascista en la que fue denunciando los regímenes dictatoriales del momento empezando por los encabezados por Mussolini, el general Primo de Rivera en España o por el coronel Ibáñez en Chile; a todos ellos dedicó un espacio constante en la revista. Ésta además incluía textos significativos de reputados intelectuales como Emile Zola, Henri Barbusse, Leon Tolstoi o José Ingenieros, además de ubicar apartados dedicados a la producción poética de escritores locales y populares, entre los que debemos incluir al mismo Zabalza pues desde temprano había cultivado modestamente la poesía. Impulso incluía igualmente algunas notas breves sobre la situación social en Punta Alta y Bahía. Como se ve, fue ésta una experiencia editorial de calidad para la vida cultural de la localidad que desapareció cuando Zabalza marchó a visitar temporalmente a su familia en Navarra pero con la idea de regresar de nuevo a la Argentina”.

Decidido a regresar a España, visitar sus parientes y luego regresar, Zabalza se embarcó para la península en 1930, pero entusiasmado con la situación política imperante (el final de la dictadura y el inminente comienzo de la república que plasmaría los ideales izquierdistas por los que había luchado en Punta Alta), decidió quedarse. Además, el golpe de septiembre de 1930 en la Argentina no permitía avizorar el futuro aquí de la misma forma en que lo cabía en España.

En la república ocupó varios cargos electivos y se transformó en un dirigente político de importancia. Fue candidato a diputado en las Cortes Españolas en 1933 por el Partido Socialista Navarro; posteriormente, secretario general de la poderosa organización campesina Federación de Trabajadores de la Tierra vinculada a la sindical socialista Unión General de Trabajadores. Además, fue diputado electo a las Cortes en la candidatura del Frente Popular en 1936 representando al partido socialista de Badajoz. Ya durante la Guerra Civil, fue Gobernador Civil de la provincia de Valencia. Zabalza fue apresado por las fuerzas franquistas y posteriormente fusilado en febrero de 1940 en Madrid.

 

4.5 El frente de la Asociación Española

Una vez finalizada la Guerra Civil Española, en 1940 se construyó la fachada del Teatro Español, el hall y un amplio salón de recepciones.

En nuestro país (y en toda Latinoamérica), a fines del siglo XIX y principios del XX apareció un movimiento denominado Nacionalismo, expresión plástica de la corriente ideológica del mismo nombre y que, a contrapelo del Liberalismo europeizante dominante entre las élites locales, buscaba retomar aquellos rasgos que entendían como identitarios de nuestra cultura: el idioma y las tradiciones hispánicas, el catolicismo y (en su vertiente más extrema) la reivindicación de ciertos elementos indígenas, principalmente de la cultura quechua.

En arquitectura, surgió, de ese modo, el llamado Neocolonial. Este movimiento recreaba los elementos constructivos más característicos de la arquitectura que se desarrolló en las colonias españolas de América a partir del siglo XVI y que genéricamente recibía el nombre de Colonial o Barroco Americano.

Estos componentes constitutivos del estilo son: las llamadas comúnmente “tejas españolas”, o “musleras” (porque se realizaban apoyando la plancha de arcilla sobre el muslo para darle su característica forma abovedada); columnas o pilastras salomónicas (es decir, con su fuste en forma de espiral helicoidal); molduras y ménsulas que sirven de adorno; rejas de hierro forjado o madera torneada y trabajadas con motivos ornamentales curvos.

En Punta Alta, necesariamente hubo una adaptación tipológica de dicho estilo. En el caso del Teatro Español, su fachada presenta la imagen de los cabildos construidos en las ciudades americanas en los días de la colonia. Cuenta con dos plantas y una línea horizontal acentuada por los grandes balcones.

Posee una gran arcada en la planta baja que marca el ingreso al edificio, enmarcado por columnas o pilastras que se repiten en la plata alta y culmina en el remate que rompe con la línea de tejas del sobretecho y se ubican la heráldica y los pináculos.

El acceso principal al teatro se realiza a través de un arco carpanel que se diferencia de los cuatro arcos de medio punto que corresponden a los comercios habilitados sobre la calle. La misma diferencia de elementos va a repetirse en la planta alta a través de la abertura con arcos de medio punto diferentes a las laterales, que son rectas.

Pilastras salomónicas, rejas en hierro forjado en balcones y ménsulas, heráldicas, ornamentaciones, tejas y pináculos contribuyeron a la definición de este movimiento adaptando el edificio suntuoso a su entorno.

Esta importante obra de nuestra ciudad fue declarada “Patrimonio Arquitectónico” por Ordenanza de Consejo Deliberante de Cnel. Rosales N° 2735 de 2000, formando parte del Registro de Obras Patrimoniales del Partido de Coronel Rosales.

 

EPÍLOGO

En estos últimos años, la Asociación Española de Socorros Mutuos de

Punta Alta prosiguió su senda de trabajo fecundo para toda la colectividad

y la población en general, que fue su característica más sobresaliente y

reconocida.

Así se logró a fines de 1995 la puesta en valor del conjunto edilicio, que incluyó la pintura general de la sede social, la colocación de mayólica de estilo colonial y el mejoramiento integral de la soberbia fachada. Toda esta labor, que devolvió el esplendor perdido al magnífico edificio, estuvo a cargo del arquitecto Ignacio Torrontegui, descendiente de una de las más antiguas familias españolas residentes en la ciudad. Entre las mejoras también pueden mencionarse la construcción de dos baños para damas en el quincho de la Institución, el arreglo del piso del Salón de Fiestas y el proyecto de instalación de un ascensor.

Para los festejos del Centenario de la Base Naval-octubre de 1996- se donó junto con la Sociedad Italiana, un busto de bronce del ingeniero Luis Luiggi; también la Asociación Española colocó una placa alusiva de bronce.

En 1997 se logró ampliar considerablemente la biblioteca; al principio, hubo un acuerdo entre la Asociación y la Biblioteca Alberdi, para que los socios españoles pudieran sacar libros, dado lo reducido de la oferta bibliográfica de la sede social. Posteriormente merced a la colaboración de algunos socios y al aporte del gobierno de España, se logró incorporar a los anaqueles de la institución una buena cantidad de material de lectura que satisface las necesidades intelectuales y de esparcimiento de los asociados.

También en 1997 un grupo de señoras socias decidieron crear la Subcomisión de Damas, a fin de colaborar con la Comisión Directiva en labores de índole social. Fue así que en abril de 1998 la recientemente creada agrupación se hizo cargo de la administración del quincho; a fin de prestar un mejor servicio y poder alquilarlo para fiestas y reuniones se compró vajilla y otros enseres. También participó de las mejoras en el Salón de Fiestas (reparación de baños, compra de vajillas, confección de manteles y cortinas, etc.). Con ello se dio a la entidad de una genuina e importante fuente de ingresos.

A pedido de la Asociación, el H. Concejo Deliberante de Punta Alta declaró en abril del 2000 al inmueble “Patrimonio Arquitectónico, Histórico y Cultural”.

En 2002 se realizaron cursos de asistencia social a emigrantes españoles y en el 2003 esta Asociación fue nombrada Centro Colaborador de la Embajada de España para brindar información y orientar a los emigrantes españoles en programas de ayuda. En ese año se llevó a cabo la modernización de la Secretaría dotándosela de equipos informáticos y de una secretaria rentada.

Como reconocimiento del municipio a la Asociación Española, en diciembre de 2004 la Dirección de Cultura le otorgó el premio “Néstor Franscischelli” por su labor cultural, manifestada en la realización de numerosos programas de índole cultural, que se desarrollaron en su sede o contaron, bien con la organización, bien con el auspicio de la entidad: el Coro Manuel de Falla y su escuela de Danzas Españolas, junto a obras de teatro, exposiciones plásticas, etc.

En lo atinente a la atención y socorro de los socios enfermos o con alguna discapacidad (fruto de la edad o de alguna contingencia), la Asociación creó en 2005 un banco de ortesis, a fin de entregar en comodato elementos ortopédicos (muletas, bastones, cuellos ortopédicos y sillas de ruedas).

Últimamente, con la idea de mantener y poner en valor el ingreso de la Institución, se recurrió al asesoramiento de la Sra. Patricia Sandrini Muradás de Lorenzo, que en memoria de su abuelo Manuel Muradás, manifiesta su deseo de desarrollar y dirigir el proyecto en forma gratuita.

Agradeciendo esta actitud, se concretó brillantemente esta obra, llevada a cabo por el artista plástico local Omar Sirena.

De este modo, la Asociación Española de Socorros Mutuos de Punta Alta prosigue la tarea con la que comenzó hace un siglo. Por una cuestión biológica, los españoles nativos han ido dejando lugar a sus hijos y nietos argentinos, pero el espíritu prosigue intacto, conscientes que la historia de la inmigración española en Punta Alta y de su Asociación es, prácticamente, la historia de la ciudad.

 

COMISIÓN Directiva (2010)

Presidente

Juan Carlos ESCALAS

Vicepresidente

Daniel Atilio GENES

Secretaria

Alicia CHAPARRO

Pro Secretario

Eduardo Raúl DE LA IGLESIA

Tesorero

Carlos Rodolfo SOLÍS

Pro Tesorera

Ana Inés MEZQUITA

Vocales Titulares

Augusto Alfredo ALVAREZ

José Luís RUBIO ORTÍZ

Javier MUSSINI

Myrta HIMSCHOOT

Elsa Josefa UNAMUNO

Vocales Suplentes

Aurelia ARAMBERRI

Severiano ARGÜELLO

María Inés GAGO

Gladis BIAGGINI

Estela Ester MENÉNDEZ

Rosario Nélida ZAPATA

JUNTA FISCALIZADORA

Titular

Teresa RODRIGUEZ

Pedro ALCARAZ SEDER

Ofelia SUÁREZ

Suplente

Verónica Elizabet RODRIGUEZ

Rocío Lorena PEREDA

 

SUBCOMISIÓN DE DAMAS (2010)

Presidente

Elsa Unamuno

Integrantes

Aurelia Aramberri

Alicia Chaparro

Gladis Biaggini

Elvia Chiavazza

María Inés Gago

Julia Hernández del Brío

Myrta Himschoot

Mónica Ibarguren

Catalina Lavios

Estela Ester Menéndez

Ana Inés Mezquita

Dora Montenegro

Teresa Rodríguez

Verónica Rodríguez

Genara Rubio Ortiz

Ofelia Suárez

Rosario Zapata

 

BIBLIOGRAFÍA

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Libros de Actas de la Asociación Española de Socorros Mútuos, 1910-1940

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Nueva Época, 1919

El Regional, Punta Alta, 1933-1945

El Yunque, Punta Alta, 1925 a1927

Gran Álbum de Punta Alta. 1898-1941, Punta Alta, Ed. Sureña, 1941

Nueva Época, 1916-1926

Punta Alta. Ayer y Hoy. Álbum-revista editado con motivo del 33° aniversario de la fundación de Punta Alta. 1898-1931, Punta Alta, s/e, 1931

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